La intervención sobre el territorio jordano ideada por Wassim Abu Hazim, se desarrolla con un espejo convexo de gran tamaño suspendido sobre el vacío, que logra capturar el cielo y el movimiento constante de la ciudad proyectándolos bajo tierra. A través de esta interesante estrategia, los visitantes descienden y experimentan la temporalidad inmediata y geológica en una escena panorámica única.
Como parte del proyecto, se integra una grúa de construcción abandonada con el objetivo de otorgar un nuevo significado a este símbolo de la construcción, portando el espejo, reconectando y revelando lo que aún habita en el lugar como memoria.

Recuperando el cielo en la tierra por Wassim Abu Hazim. Fotografía por Wassim Abu Hazim.
Descripción del proyecto por Wassim Abu Hazim
Amán vive con cicatrices urbanas abiertas: fosas de construcción abandonadas donde el tiempo se ha detenido en el momento de la ruptura. Estos vacíos son heridas en el cuerpo de la ciudad, que exponen lo que la arquitectura suele intentar ocultar: estratos geológicos, su historia silenciosa y terrenos que anteceden al hormigón y al asfalto. Este proyecto no aborda estos espacios como "problemas" que deben ser llenados, sino como heridas dotadas de memoria: condiciones excepcionales que ofrecen a la ciudad la oportunidad de reflexionar sobre su pasado profundo.
El proyecto no sana la herida; la recupera, transformándola de un rastro oculto en un momento de confrontación, y de un foso abandonado en un refugio vivo que reconecta la ciudad con el suelo del que una vez emergió. En su núcleo se encuentra una costura visual entre dos reinos opuestos: una profundidad rocosa, eterna e inmóvil, y una superficie urbana, rápida e inquieta como la vida cotidiana.
Suspendido sobre el vacío se encuentra un gigantesco espejo convexo —un ojo suspendido en el aire— que captura el cielo de la ciudad, sus nubes y su movimiento constante, y los vierte hacia adentro, proyectándolos bajo tierra como un cielo alternativo. Aquí, la experiencia humana se invierte: el visitante no desciende para confrontar el suelo, sino para ver la ciudad suspendida sobre él, como si el cielo se hubiera desplomado y la profundidad se hubiera convertido en un espejo de la superficie. Dos temporalidades —la inmediata y la geológica— se funden en una única escena panorámica, donde coexisten la fragilidad y la solidez.
Incluso la grúa de construcción abandonada se reescribe dentro de la narrativa del proyecto. En lugar de seguir siendo un símbolo de proyectos paralizados y fracaso urbano, se convierte en un brazo del arte: un aparato que deja de construir muros y comienza a construir significado. Porta el espejo, reconecta lo que fue cortado y se erige como testigo de la posibilidad de que el espacio negativo se convierta en un pulmón para la ciudad.
Así, la herida arquitectónica se transforma en un espacio que revela no lo que fue borrado, sino lo que aún habita la tierra como memoria, otorgando a Ammán un nuevo cielo, uno que aparece solo cuando descendemos.