En «Pabellón de escultura: refugio y exposición», Ana Laura Aláez dedica esta estructura a sus ancestros, considerando que el origen de toda su trayectoria artística se remonta a las vacaciones de su infancia en una región de la provincia de León. En sus propias palabras, «la búsqueda de un lugar seguro comienza con la lucha por la supervivencia que hemos heredado de nuestros antepasados».
La base del enfoque artístico de la artista radica en la idea de encontrar un refugio seguro, un lugar donde podamos ser nosotros mismos. Sobre todo, se trata de alcanzar un espacio libre de peligro para poder abrirnos a nuestra naturaleza con todas sus contradicciones.

Ana Laura Aláez. «Pabellón de escultura», 2008. Colección MUSAC.
«Pabellón de escultura: refugio e intemperie» por Ana Laura Aláez
Mis ancestros son originarios de una comarca de León delimitada por tímidas montañas. De mi familia, lo digo con orgullo, he heredado una especie de vacío, un ser inmaterial que, curiosamente, tiene mucho que ver con el arte, y por ello me siento afortunada. Toda esa parte intangible transmitida día a día a lo largo de tantas generaciones fue lo que, sin saberlo, me iba a acercar a algo que, aún hoy, no sé medir en toda su magnitud.
Humildes en su apariencia y en sus costumbres, pero ricos en su manera profunda de percibir el mundo, se apoyaban en el mantra repetitivo de la tierra como único sustento. Fueron una presencia ausente, mientras hacían suya cada minúscula parcela para recoger la cosecha con paciencia. A pesar de sufrir todo tipo de contingencias que los sacudían diariamente, había un empeño en no sucumbir y mantener la calma. Un ininterrumpido ritmo de idas y venidas dominaba un paisaje que parecía acogerlos haciendo rebotar sus sombras, figuras filiformes que componían un conjunto indivisible por un instante. Pasaba algo misterioso justo en el momento en el que se perdían en los gestos. Se diluían en el ambiente y, a la vez, manifestaban un ímpetu, una tensión que lograba traspasar la epidermis del campo. Cada uno portaba un acto litúrgico fugaz, una transfusión desde muy adentro que, poco a poco, iba permeando el terreno. Sus siluetas vibraban, parecían refulgir con otra luz cuando trabajaban sin ser vistos, activados a la manera de sus predecesores. Al referirse a la génesis de Pedro Páramo y al hecho de que sus personajes no podían ubicarse del todo, Juan Rulfo afirmaba: «Está roto el tiempo, está roto el espacio».
El cuerpo era una herramienta de trabajo y las mujeres siempre se llevaban la peor parte; había que parir y labrar el campo. Sin embargo, aquellas miradas más amables lograban esconder algunos secretos a sus dominantes compañeros. Los movimientos de las guadañas cortaban el aire y parecían fundirse en el horizonte, interpretando la existencia sin que nadie más lo notara. Pocas referencias se correspondían con la imagen del prometido paraíso en la otra vida. La naturaleza, con los cambios propios de cada estación, poseía la escena como una metáfora encarnada y hacía brotar unas motitas de color en los ciruelos, los perales y los manzanos, así como en avellanos, nogales y cerezos, árboles robustos que aparentaban no precisar el cuidado de aquellos habitantes.
Ellos no eran del todo ellos, simbolizaban más bien proyecciones a corto plazo para la supervivencia. El dolor no parecía relevante. O quizá hubiera que esconderlo a la fuerza para no sufrir un escarmiento, como ocurrió con los sucesos trágicos que acabaron con la desaparición del abuelo, un minero con conocimientos básicos para leer y escribir, pero con el mágico poder de la palabra. Aún siento en la piel el roce de los rostros mudos que, torpes, ocultaban la herida que nunca llegaría a sanar. Cuanto más escondían el recuerdo, más se abría la llaga, incandescente. Nadie entiende cómo se pudo dar un cambio tan drástico en pueblos pequeños que, de un día para otro, pasaron a albergar mayúsculos tiranos, desalmados que borraron el ritual más básico de sus congéneres: levantarse y acostarse a la par que el sol para atender a los animales y arar los pastos, con el fuego de leña para aliviar la faena.
El ciclo de su forma de hacer resultó amenazado para siempre. Un día abandonarían sin apenas equipaje aquellas paredes de piedra y adobe, que ya no eran más baluartes protectores. Las casas dejaron de albergar las enigmáticas historias que nadie tenía intención de recordar. Un eco de navajas, reminiscente de tantas violencias impunes, reverberará para siempre en sus fachadas. Mis antepasados están inscritos a conciencia sobre estas superficies metálicas que se entrelazan como cuchillas de afeitar. A ellos y a todos sus buenos compañeros de aquel contexto histórico tan relevante, les dedico esta construcción. El latido de su tiempo rebota con fuerza en este otro tiempo igual de convulso. Aquí y ahora, el coro de sus voces resuena en el zigzag de los muros recios del museo.