Programáticamente, López González organiza la casa situando los espacios sociales en la planta baja, conectados con un patio trasero donde un semicírculo de grava mineral abraza un árbol de guayacán, cuya floración marca las estaciones del año.
En la primera planta, la opacidad exterior hacia la calle se rompe con huecos de suelo a techo que se replican en la fachada interior, aprovechando la orientación de la luz natural. La planta, de geometría cruciforme, sitúa el dormitorio principal en fachada y los dos dormitorios secundarios hacia el interior, mirando al jardín.
El nivel superior se retranquea, aprovechando su posición elevada para abrirse al paisaje mediante amplias terrazas que permiten vistas sobre las construcciones vecinas. La casa se completa con un volumen técnico y austero.
La estructura se organiza con una trama de cuatro ejes, complementada en tres lados con soportes metálicos dobles que facilitan grandes aperturas. Las losas voladizas funcionan como umbrales de protección solar y mecanismos de captación pluvial.

Casa Tlaloc por López González. Fotografía por César Béjar.
Descripción del proyecto por López González
La arquitectura, en su acepción más pura, representa un acto de dominio sobre la gravedad. Casa Tlaloc se posa sobre el terreno con la naturalidad de lo inevitable. Se apoya con firmeza y asciende como si de viejos libros apilados se tratara, donde cada historia sostiene a la siguiente. En esta condición de superposición, rige una verticalidad organizada por la especificidad de los ritos cotidianos y sus diferentes grados de privacidad.
El proyecto nace de la escucha atenta al entorno: el asoleamiento, la orografía y el ciclo del agua. Lo siguiente es una traducción. La estructura se despliega como abecedario y lenguaje a través de una trama de cuatro ejes bidireccionales con columnas cuadradas, asistida por tres pares de soportes metálicos dobles que liberan ciertos claros de toda obstrucción. Las losas con voladizos operan como umbrales de protección solar y mecanismos de captación pluvial. Bajo esta disposición, la morfología se articula como una respuesta simultánea entre tectónica y clima; una síntesis donde cada componente asume una función técnica y el edificio encuentra su expresión final sin concesiones al ornato.
Programáticamente, la planta baja registra la vida compartida. Los espacios sociales suceden en continuidad medida, enmarcados por un medio círculo de grava mineral que abraza un guayacán. Este árbol, cuya floración actúa como un indicador biológico, nos recuerda que el tiempo no solo se mide, también se habita. Su presencia sincroniza la experiencia con la cadencia del paisaje. Al fondo, bajo una intensa penumbra, un lavabo de placa metálica se manifiesta como un monolito exento. Aquí, el contacto con el agua se desprende de su estricta función para integrarse a la secuencia de la casa como un acto ceremonial.
Ascendiendo, el primer nivel se despliega en una planta de impronta cruciforme; geometría que organiza el espacio con la nitidez de un axioma. Tres recintos se disponen alrededor del eje vertical como brazos en equilibrio: al frente, la recámara principal se proyecta hacia el paisaje urbano, mientras las secundarias se extienden lateralmente, de manera autónoma, hacia el jardín. Este esquema garantiza la privacidad dentro de un sistema mayor; una arquitectura contenida que respira. Los interiores, blanco absoluto, parecen detener el ciclo. Habitar cada espacio es como detenerse frente a un cuadro. El mundo exterior es aquí una pintura que invita a observar, a recordar los días que han pasado y a imaginar los días que vendrán.
Sobre este estrato, el nivel superior se retrae conscientemente de sus bordes. La estancia y el estudio se funden bajo un mismo límite, un continuo espacial iluminado por la luz del ocaso. Al exterior, generosas terrazas —elevadas ya sobre las construcciones vecinas— extienden este plano habitable hacia el horizonte, convirtiendo el bosque y su densa vegetación en una postal.
En la cima, un volumen técnico corona la composición con absoluta franqueza. Su carácter, austero y literal, contiene los equipos encargados del funcionamiento del proyecto. Este elemento culmina. Es el punto final de una arquitectura que no teme revelar su verdad última: que incluso lo utilitario puede alcanzar la dignidad de lo esencial.