La estrategia desarrollada por Héctor Navarro + arkhitekton + Rodia Valladares + Ana María Flor parte de entender la arquitectura como un depósito del tiempo, un verdadero palimpsesto constructivo. Los muros de mampostería, los distintos tipos de huecos y las soluciones estructurales superpuestas denotan una construcción por capas. La intervención se apropia de estas huellas, entendiendo la arquitectura existente como una estructura abierta a la transformación, capaz de admitir nuevos usos sin perder la memoria de sus procesos anteriores.
La cubierta representa la principal operación constructiva. Una viga de cumbrera que integra un tensor de acero inoxidable salva una luz de hasta 15 metros, desde la cual parten viguetas de madera que apoyan sobre los muros de carga. Este sistema estructural claro y conciso prescinde de capas superfluas y deja visible el reverso de las tejas desde el interior, mientras que las superficies de teja de vidrio introducen variaciones de luz que construyen un cielo dinámico que refuerza la relación entre interior, exterior y paisaje.

«Tejar Cielo». Pabellón de tejas de vidrio por Héctor Navarro + arkhitekton + Rodia Valladares + Ana María Flor. Fotografía por William Mulvihill.
Descripción del proyecto por Navarro + arkhitekton + Valladares + Flor
El proyecto propone una forma específica de intervención arquitectónica basada no en la incorporación de tecnología compleja, sino en la reinterpretación precisa de sistemas constructivos tradicionales para generar nuevas condiciones espaciales, ambientales y programáticas. La operación central, denominada Tejar cielo, consiste en construir un plano de cubierta activo a partir de un único sistema, combinando tejas cerámicas opacas y tejas de vidrio sin alterar la lógica geométrica ni constructiva del conjunto. La cubierta deja de ser un simple elemento de cierre para convertirse en un dispositivo capaz de filtrar la luz natural, registrar el paso del tiempo y definir una atmósfera cambiante del espacio que protege.
La intervención se desarrolla sobre una antigua cuadra y pajar vinculada a una vivienda preexistente, pero concebida ahora como una pieza autónoma dentro del conjunto. El edificio se redefine como un pabellón de uso colectivo, sin un programa cerrado ni una ocupación permanente, capaz de acoger encuentros, celebraciones y actividades diversas. Esta indeterminación programática resulta clave para la rehabilitación del edificio, al permitir ajustar las prestaciones técnicas a un uso real y flexible, evitando procesos de regularización o sobretecnificación que habrían alterado de manera sustancial su carácter constructivo. La ventilación natural, la luz filtrada y la variación ambiental pasan a formar parte activa de la experiencia arquitectónica.
La lectura del edificio como palimpsesto constructivo es uno de los puntos de partida del proyecto. Los muros de mampostería, los distintos tipos de huecos y las soluciones estructurales superpuestas evidencian una construcción progresiva a lo largo del tiempo. Lejos de ocultar estas huellas, la intervención las incorpora como parte esencial de su identidad, entendiendo la arquitectura existente como una estructura abierta a la transformación, capaz de admitir nuevos usos sin perder la memoria de sus procesos anteriores.
La cubierta concentra la principal operación constructiva del proyecto. Se plantea una solución estructural capaz de liberar completamente el espacio interior, evitando cerchas y apoyos intermedios. Una viga de cumbrera, que integra un tensor de acero inoxidable trabajando a tracción, permite salvar una luz de hasta 15 metros. Desde esta viga arrancan las viguetas de madera, que apoyan directamente sobre los muros de carga longitudinales y en la propia viga de cumbre, configurando un sistema estructural claro, legible y coherente con el carácter del edificio existente. El sistema prescinde de capas superfluas, dejando visto el reverso de las tejas desde el interior, de modo que el propio proceso constructivo resulta plenamente comprensible y participa en la definición espacial del pabellón.
En este contexto, la cubierta se convierte en una interfaz que media entre un entorno controlado y las condiciones naturales del lugar. La teja deja de funcionar como un elemento de acabado para asumir un papel central en la construcción del espacio, actuando como dispositivo configurador de la atmósfera y como soporte para la incorporación de la variable temporal en la experiencia arquitectónica.
La incorporación de superficies continuas de teja de vidrio dentro del mismo sistema de cubierta introduce variaciones de luz y transparencia que construyen un cielo vibrante y cambiante, reforzando la condición intermedia del espacio entre interior y exterior. El pavimento de adoquín calizo, tratado como un suelo exterior, vincula el edificio con el paisaje kárstico circundante y contribuye a diluir los límites entre recinto y entorno inmediato.
El proyecto plantea así una forma de rehabilitación basada en la precisión constructiva y la claridad conceptual, en la que la intervención no busca corregir ni homogeneizar lo existente, sino activar sus potencialidades espaciales y ambientales. La arquitectura actúa como mediadora entre materia y luz, entre pasado y presente, proponiendo un espacio abierto, flexible y capaz de acoger nuevas formas de uso colectivo a partir de una lectura atenta y respetuosa de lo construido.