En «Memoria suspendida», Eduardo Alonso Tejedor plantea una estructura protectora reversible y de reducido impacto que permite conservar el templo sin desvirtuarlo ni convertirlo en un museo de sí mismo. Para respetar la identidad histórica del conjunto, la propuesta extrae el programa expositivo del interior y devuelve al santuario su desnudez inicial.
La intervención plantea dos intervenciones. La primera: el Museo del Templo, un nuevo edificio-puente lineal de 56x8 metros suspendido mediante vigas en celosía, y la segunda: una cubierta ligera de estructura metálica y cojines neumáticos sobre doce pilares en «V», que permite retirar la actual cubierta de plomo y abrir un lucernario cenital que permite captar el solsticio de verano, recuperando el antiguo rito nubio de la «Unión con el Disco Solar». El conjunto es rodeado por una lámina de agua que evoca el pasado del santuario y diluye los límites entre paisaje, intervención y monumento.

Visualización. «Memoria suspendida» por Eduardo Alonso Tejedor.
Descripción del proyecto por Eduardo Alonso Tejedor
Proyectar hoy para este monumento exige resolver dos dimensiones ineludibles: el dispositivo de protección climatológica y la recontextualización fenomenológica e histórica del templo. Tras su traslado en 1970 a la colina del Príncipe Pío, una década después de su desmontaje en la Baja Nubia, el templo fue despojado de su recinto sagrado (témenos), además de su secuencia y sentido procesional, su vinculación esencial con el río Nilo, y con la luz. Bajo la firme premisa de que el monumento no puede seguir operando en el parque del oeste como un asfixiante «museo de sí mismo», el proyecto se sirve de esta memoria histórica para extraer el programa de su interior y devolver al santuario su desnudez original. La intervención se divide en dos piezas complementarias, asumiendo principios de reversibilidad absoluta y mínimo impacto sobre el terreno en el que se asienta (declarado BIC en el espacio del antiguo Cuartel de la Montaña).
En primer lugar, el Museo del Templo: un nuevo edificio-puente lineal de 56x8 metros suspendido mediante vigas en celosía, apoyado sutilmente en solo cuatro puntos cimentados. Revestido en acero cepillado, este volumen desmaterializa sus límites reflejando el entorno y actuando como una abstracción contemporánea del Nilo y la forma de acceder al templo. La pieza organiza el recorrido del visitante para conectarlo de forma fluida con la «vía sagrada» exterior, restituyendo el acceso procesional Este-Oeste frontal a través de los pilonos.
Paralelamente, la protección del santuario se resuelve mediante una cubierta protectora ingrávida que reinterpreta la geometría del antiguo témenos. Estructurada mediante vigas metálicas espaciales de 35 metros de luz, soporta un cerramiento colgado de cojines neumáticos de ETFE (aislante, reciclable y de mínimo peso). Un plenum de 2 metros de canto oculta las instalaciones y genera un trampantojo arquitectónico en sus bordes, difuminándose en el Parque del Oeste, mientras la cubierta descarga sobre doce pilares en «V». El microclima generado permite retirar la nociva cubierta actual de plomo del santuario y abrir un lucernario cenital en la cubierta de la intervención para captar el solsticio de verano, rememorando el antiguo rito nubio de la «Unión con el Disco Solar».
Finalmente, el conjunto se asienta sobre una extensa lámina de agua que evoca aquella que no tantos años atrás lo inundaba periódicamente. El agua diluye las fronteras entre el paisaje, la intervención y el templo, permitiendo que la nueva arquitectura dé un paso atrás y devuelva al templo su condición de umbral inmutable.