Para Casa Akina, Di Frenna Arquitectos organiza el programa en planta baja alrededor de las áreas de estar, comedor, dormitorios y estudio, conectadas mediante espacios intermedios, mientras que en la planta superior pequeñas terrazas prolongan las habitaciones hacia la vegetación y refuerzan su relación con el entorno.
La materialidad combina hormigón, piedra y celosías bajo una misma gama cromática, generando una imagen continua que cambia con la luz a lo largo del día, mientras la madera, presente en puertas, mobiliario y textiles, aporta calidez y suaviza la presencia de los materiales minerales.

Casa Akina por Di Frenna Arquitectos. Fotografía por Lorena Darquea.
Descripción del proyecto por Di Frenna Arquitectos
Casa Akina se anuncia sin mostrarse del todo. Su presencia es contenida, casi silenciosa. Antes de revelar su forma, deja pasar la luz, deja asomar la vegetación, deja intuir el vacío central que la organiza. Desde el primer contacto, la arquitectura propone una manera pausada de habitar, donde el recorrido importa tanto como el destino y el tiempo se vuelve perceptible.
La casa se construye a partir de una materialidad homogénea. Concreto, piedra y celosías comparten una misma colorimetría que no busca el contraste, sino la continuidad. A lo largo del día, la luz reescribe sus superficies: el gris se vuelve tibio, luego pálido, hasta verse casi dorado. La casa no cambia de forma; cambia de tiempo.
Este lenguaje se expresa en distintos formatos. El piso de piedra, el concreto enduelado en las fachadas, las celosías y los elementos de mobiliario —barras, entrepaños, superficies expositivas— forman parte de un mismo cuerpo arquitectónico. Nada se añade: todo pertenece. La materia no solo construye, también sostiene la vida cotidiana con naturalidad y silencio.
El primer patio se presenta por capas. La sala y el comedor se abren gradualmente, y la vegetación comienza a aparecer como una presencia cercana, casi táctil. Aquí la casa empieza a respirar: el interior y el exterior se reconocen, se anticipan y se encuentran en un mismo umbral compartido.
La terraza es el punto donde todo se conecta. Los volúmenes se abren por completo mediante grandes paños de cristal y estructuras de acero que diluyen el límite entre dentro y fuera. El espacio se siente casi como una planta libre suspendida entre arquitectura y paisaje. La vegetación ya no acompaña: ahora forma parte de la experiencia cotidiana. En contraste, el interior guarda su parte más sensible. La madera aparece como un gesto contenido que suaviza el carácter mineral del conjunto. Se integra en puertas, muebles y textiles, construyendo una atmósfera cálida, que protege y equilibra el cascarón de concreto.
Las celosías marcan el pulso del día. Filtran la luz, la fragmentan, la vuelven rítmica. A ciertas horas, la casa se escribe con sombras que recorren muros y pisos como una coreografía lenta.
En la planta alta, los volúmenes se sustraen. Se generan pequeñas terrazas que acercan cada habitación y el estudio a la vegetación. El retiro se vuelve cercano a lo vivo. Aquí, la casa deja de ser refugio para convertirse en paisaje.
Casa Akina no se impone al lugar. Se deja atravesar por la luz, por el tiempo y por lo que crece alrededor. No es un objeto: es una secuencia de pausas donde habitar se vuelve una forma de contemplar.