"El jardín del olvido" por Victor Stamp

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Víctor Stamp

Não sou nada.
Nunca serei nada.
Não posso querer ser nada.
À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo.
                     —Álvaro de Campos, Tabacaria

Victor Stamp vislumbró la luz del día por primera vez el 22 de abril de 1957, a unos 20.000 kilómetros al sur de donde se suponía que tenía que haberla visto. Por alguna equivocación cósmica, no nació en París o en Berlín Oeste, sino en Cygnet, un pintoresco pueblo costero, (población ~900) en el Valle de Huon, al sur de Tasmania. 

Stamp, quién en una ocasión se definió sardónicamente como "el hijo réprobo de un presbiteriano présbita y de una hija de dentista", se quedó hechizado por el sueño de una Europa mítica desde una edad temprana. Contra todo pronóstico desafió el determinismo genético y social, desoyó el canto de sirena de la odontología y se manifestó como artista y poeta desde su más tierna edad: en una entrevista con Marc Ronceraille, Stamp relata cómo, con catorce años, durante un viaje a Hobart con sus padres, se compró un ejemplar de segunda mano de la poesía completa de Mallarmé (edición Penguin) que le cambió la vida para siempre. Pero este encaprichamiento con las infinidades glaciales de la poesía pura chocó frontalmente con el tedio de la vida cotidiana en un rinconcito apagado del mundo dónde, como reza una guía turística no del todo reciente, ‘una de las diversiones principales consiste en observar al tornero de madera fabricar bochas.’

En 1977 y sin terminar sus estudios universitarios, zarpó rumbo al viejo continente para no volver a regresar. A lo largo de los siguientes quince años y antes de dedicarse exclusivamente a su actividad artística, su genio autodidáctico le sería útil a medida que emprendía una variedad de proyectos, para ninguno de los cuales tenía la más mínima cualificación.

Victor Stamp está convencido de que más allá de este breve esqueleto biográfico, cuanto menos se sabe de él mejor. Sin embargo, está dispuesto a revelar que su color favorito es gris, su metal favorito el plomo, y su cualidad preferida en una mujer, los hombros anchos.

Cuándo no está proyectando y ejecutando sus modestas intervenciones artísticas, se le puede encontrar golpeando la acera de las avenidas y bulevares de las grandes ciudades europeas, fusionando su reflejo en los escaparates con la interrogación muda de la mercancía, parándose raras veces y comprando nada.

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