Por otra parte, la ampliación realizada por Alejandro Beautell fue proyectada como un volumen independiente y claramente diferenciado, separado de la ermita por un deambulatorio que actúa como espacio de articulación. Esta operación permite que lo nuevo y lo antiguo coexistan sin confundirse. El nuevo cuerpo, de envolvente blanca y continua, reinterpreta la nave histórica desde la abstracción, configurando un perfil silencioso que renuncia a cualquier protagonismo formal.
Uno de los gestos más destacables de la propuesta surge a partir de un conflicto constructivo: un muro de hormigón armado demolido durante la obra es reutilizado para configurar elementos litúrgicos como el altar, el ambón y la pila bautismal. A partir de este proceso, la materia se transforma en soporte de memoria, incorporando la huella del proceso en la arquitectura y otorgándole un carácter simbólico desde lo estrictamente constructivo.

Iglesia de San Miguel Arcángel de Geneto por Alejandro Beautell. Fotografía por Flavio Dorta.
Descripción del proyecto por Alejandro Beautell
La intervención en la Iglesia de San Miguel de Geneto, en San Cristóbal de La Laguna (Tenerife), parte de un doble encargo: la restauración rigurosa de una ermita del siglo XVIII y su ampliación mediante una nueva nave capaz de responder a las necesidades litúrgicas actuales sin desvirtuar la identidad histórica del conjunto.
La ermita original, levantada a comienzos del siglo XVIII a pie del antiguo camino de Candelaria, responde a una arquitectura austera y funcional, ligada a los ciclos agrícolas y a la asistencia espiritual de los habitantes y viajeros del lugar. De planta rectangular y cubierta con armadura mudéjar de par y nudillo, constituye un ejemplo significativo de la arquitectura religiosa rural de Canarias. La intervención ha recuperado íntegramente este volumen histórico, restaurando su artesonado de tea con técnicas tradicionales y criterios de mínima intervención, y eliminando las adiciones del siglo XX que habían alterado su lectura tipológica, entre ellas la cubrición del antiguo patio de acceso.
La ampliación se concibe como un cuerpo autónomo, claramente diferenciado del edificio histórico. Entre ambos se dispone un deambulatorio que actúa como espacio de transición y respeto, permitiendo que lo antiguo y lo nuevo coexistan sin confundirse. Esta franja intermedia no es solo un elemento funcional, sino un umbral temporal que subraya la condición específica de cada arquitectura y evita cualquier mimetismo formal.
El nuevo volumen se resuelve mediante una envolvente continua y blanca, que simplifica y reinterpreta la nave histórica sin reproducirla. Su escala y altura se mantienen en un segundo plano frente a la ermita, renunciando a cualquier gesto de protagonismo. La neutralidad de su arquitectura hace posible la convivencia con la edificación histórica, entendida no como contraste, sino como continuidad serena en el tiempo. En el interior, un gran tragaluz introduce la luz natural directamente sobre el presbiterio, convirtiéndola en el principal material de construcción y en el elemento que articula la experiencia espacial del templo.
Uno de los gestos más significativos del proyecto surge de un conflicto durante la obra. Un muro de hormigón armado, construido para proteger el patio del tráfico rodado, fue demolido tras una controversia administrativa. Lejos de desechar su memoria material, el muro fue cortado en secciones y reutilizado para conformar el altar, el ambón y la pila bautismal. El acero corrugado de su interior se recuperó para construir la cruz del retablo. La materia, herida y fragmentada, adquiere así una condición sacramental, ocupando el centro de la liturgia.
Este gesto no pretende ser narrativo ni simbólico en un sentido explícito, sino estrictamente constructivo y material. La arquitectura asume el conflicto, incorpora la herida y la convierte en permanencia. El hormigón deja de ser un material anónimo para convertirse en memoria condensada, en materia atravesada por el tiempo y resignificada por el uso.
Durante el día, la arquitectura se limita a dejar entrar la luz. No hace falta añadir nada más. Basta con permanecer atento.
Materialidad
El nuevo volumen se construye a partir de una materialidad deliberadamente contenida. La nave se resuelve mediante fábrica de bloque, revestida interior y exteriormente con un recubrimiento continuo de corcho proyectado, un sistema ecológico de mínimo espesor que responde tanto a las restricciones espaciales del proyecto como a exigencias térmicas y acústicas. Su textura rugosa introduce una vibración sutil de la luz y contribuye a una acústica adecuada para la palabra, reforzando la condición litúrgica del espacio.
Bancos
Los bancos han sido concebidos como parte inseparable de la arquitectura. Cada asiento dispone de un respaldo individual, una pieza autónoma que reconoce la singularidad de cada persona y su irreductible dignidad. No se trata de una fila continua ni de un gesto colectivo indiferenciado, sino de una suma de presencias: individuos que, sin perder su condición propia, participan de un mismo cuerpo. Estos elementos de madera reposan sobre basamentos de piedra basáltica, material tradicional del lugar, pesado y estable, que actúa como fundamento. La ligereza visual del banco se apoya así en una materia densa y ancestral, estableciendo una relación clara entre lo humano y lo permanente, entre la fragilidad de quien se sienta y el peso silencioso de aquello que lo sostiene.