La artista japonesa Yayoi Kusama, una de las figuras esenciales del arte contemporáneo de las últimas décadas, murió el pasado 14 de agosto de 2026 en Tokio a los 97 años. Con ella desaparece una autora que, durante más de siete décadas, construyó uno de los lenguajes visuales más reconocibles del arte reciente. Redes, puntos, espejos, calabazas y superficies repetidas hasta el límite fueron formando una obra en la que la pintura terminó desbordando el lienzo para ocupar objetos, habitaciones, edificios y paisajes.

Nacida el 22 de marzo de 1929 en Matsumoto, Kusama comenzó a trabajar muy pronto con imágenes procedentes de la naturaleza y con estructuras repetitivas que, con el tiempo, acabarían definiendo buena parte de su producción. Su biografía ha quedado inevitablemente asociada a los problemas de salud mental que la acompañaron desde joven y a las alucinaciones que ella misma describió en numerosas ocasiones. Sin embargo, interpretar su obra únicamente desde ese lugar supone simplificar una trayectoria mucho más compleja.

La enfermedad formó parte de su vida, pero no explica su obra. La excepcionalidad de Kusama estuvo en su capacidad para transformar una experiencia personal en un sistema artístico coherente, persistente y extraordinariamente fértil. La repetición no fue únicamente una respuesta a sus obsesiones, sino también una herramienta plástica; el punto dejó de ser un motivo decorativo para convertirse en una unidad capaz de alterar la percepción del espacio, mientras que el espejo permitió introducir al espectador dentro de esa multiplicación.

Después de estudiar arte en Kioto, en 1958 se trasladó a Nueva York, entonces uno de los principales centros de transformación del arte occidental. Llegó a una escena competitiva y mayoritariamente masculina, en un momento en el que comenzaban a cuestionarse los límites heredados de la pintura y la escultura. Kusama consiguió encontrar su lugar en aquel contexto y desarrollar una obra que mantenía una identidad propia al tiempo que dialogaba con algunos de los debates que darían forma al minimalismo, el arte conceptual y las prácticas performativas de los años sesenta.

Kusama junto a su Dot Car (1965) en Scheveningen, Países Bajos. Fotografía por Harrie Verstappen.

Kusama junto a su Dot Car (1965) en Scheveningen, Países Bajos. Fotografía por Harrie Verstappen.

Antes de su llegada a Estados Unidos ya había mostrado una importante capacidad de experimentación. En el Japón de la posguerra, la escasez de materiales la llevó a utilizar pinturas domésticas, arena e incluso sacos procedentes del negocio familiar como soporte. Trabajó también con tinta, acuarela, pastel, témpera y aguada. Semillas, flores, árboles y otras formas naturales fueron perdiendo progresivamente su condición figurativa para convertirse en estructuras abstractas y repetitivas.

En Nueva York, esa investigación se desarrolló en sus conocidas Infinity Nets, grandes superficies cubiertas por pequeños gestos ejecutados una y otra vez hasta formar redes que parecen extenderse más allá del marco. El procedimiento era tan sencillo como radical: insistir sobre un mismo elemento hasta transformar por completo la percepción de la superficie. En esas redes aparecieron también los puntos que acabarían convirtiéndose en una de las imágenes más asociadas a su trabajo.

The Woman (La mujer), 1953. Pastel, tempera y acrílico sobre papel. 45,4 x 38,2 cm. The Blanton Museum (Texas, Estados Unidos)

The Woman (La mujer), 1953. Pastel, tempera y acrílico sobre papel. 45,4 x 38,2 cm. The Blanton Museum (Texas, Estados Unidos).

Kusama entendió pronto que aquella investigación no tenía por qué detenerse en los límites del lienzo. En sus Accumulation Sculptures, objetos cotidianos, muebles y prendas de ropa quedaban cubiertos por elementos blandos repetidos hasta perder su identidad original. Después llegarían el collage, la fotografía, el cine, la performance y, sobre todo, las instalaciones. Más que cambiar de disciplina, Kusama fue trasladando una misma preocupación de un soporte a otro.

Esta continuidad explica buena parte de la fuerza de su trabajo. Kusama no construyó simplemente una iconografía reconocible, sino una forma de organizar el espacio y de situar al espectador dentro de él. Sus puntos, redes y reflejos funcionan porque pueden pasar de una escala mínima a otra arquitectónica sin perder intensidad.

Las Infinity Mirror Rooms son probablemente el ejemplo más claro. Desde la primera de estas instalaciones, realizada en 1965, los espejos permitieron multiplicar objetos, luces y cuerpos hasta hacer desaparecer visualmente los límites de la habitación. El visitante ya no observa la obra desde una posición exterior: su propia imagen entra en el sistema de repeticiones y pasa a formar parte de aquello que contempla.

Self-Obliteration (Auto-obliteration), 1967. Tinta y fotografía, 18,2 x 24 cm. Imagen cortesía de Yayoi Kusama

Self-Obliteration (Auto-obliteration), 1967. Tinta y fotografía, 18,2 x 24 cm. Imagen cortesía de Yayoi Kusama.

En 2011, el Museo Reina Sofía de Madrid dedicó a Kusama una gran retrospectiva que recorría seis décadas de trabajo. Entre las obras presentadas se encontraba Infinity Mirrored Room – Filled with the Brilliance of Life, concebida para aquella exposición. La muestra viajaría posteriormente al Centre Pompidou de París, la Tate Modern de Londres y el Whitney Museum de Nueva York, consolidando un reconocimiento internacional que había tardado décadas en alcanzar toda su dimensión.

Su vocabulario continuó evolucionando sin abandonar aquellos elementos iniciales. En 2016, la galería Victoria Miro de Londres reunió nuevas pinturas, esculturas de calabazas y tres habitaciones de espejos. Sus redes infinitas, los puntos y las obras pertenecientes a la serie Mi Alma Eterna, iniciada en 2009, mostraban a una artista que seguía trabajando sobre un conjunto de temas antiguos sin convertirlos en una simple repetición de sí misma.

yayoi kusama - glass house

Yayoi Kusama, «Obsesión por los puntos — Vivo, en busca de la Eterna Esperanza» / «Dots Obsession — Alive, Seeking Eternal Hope», en la Casa de Cristal de Philip Johnson en Connecticut. Fotografía por Matthew Placek.

Ese mismo año, su Jardín de Narcisos fue instalado en la Casa de Cristal de Philip Johnson, en Connecticut. Presentada originalmente en la Bienal de Venecia de 1966, la obra estaba compuesta en esta ocasión por 1.300 esferas de acero reflectante colocadas sobre un estanque. El viento y el movimiento del agua modificaban continuamente su posición, mientras cada esfera devolvía una imagen fragmentada del cielo, los árboles y la arquitectura.

La intervención introducía el universo de Kusama dentro de uno de los iconos de la arquitectura moderna. Los reflejos multiplicaban la transparencia de la casa y alteraban la lectura del paisaje, estableciendo una relación especialmente precisa entre objeto, arquitectura y entorno. La instalación se completaba con una gran Pumpkin y con los característicos puntos aplicados sobre los cerramientos de vidrio.

Vista de instalación, esculturas, pinturas y salas de espejos de YAYOI KUSAMA. Fotografía por Yayoi Kusama, cortesía de Kumasa Enterprise, OTA Fine Arts, Tokyo / Singapure y Victoria Miro, Londres.

Vista de la instalación, esculturas, pinturas y salas de espejos de Yayoi Kusama. Fotografía por Yayoi Kusama, cortesía de Kumasa Enterprise, OTA Fine Arts, Tokio / Singapur y Victoria Miro, Londres.

La calabaza, presente de forma recurrente en su obra, resume bien esa capacidad para convertir un objeto cotidiano en una presencia extraña y monumental. Kusama regresó a ella durante décadas, de la misma manera que regresó a las redes y a los puntos. Su interés nunca estuvo tanto en inventar continuamente nuevas formas como en explorar hasta dónde podía llevar unas pocas.

Tras regresar definitivamente a Japón en 1973, amplió además su actividad hacia la literatura, la poesía y el collage. Desde 1977 vivió voluntariamente en un hospital psiquiátrico de Tokio y mantuvo su estudio en las proximidades. Esa circunstancia, tantas veces utilizada como elemento central de su biografía, no interrumpió su producción. Al contrario, Kusama continuó trabajando durante décadas con una constancia poco habitual.

Su trayectoria obliga así a separar dos cuestiones que con demasiada frecuencia aparecen confundidas. Sus trastornos condicionaron parte de su experiencia vital, pero la importancia de Kusama no reside en haber convertido una enfermedad en espectáculo, sino en haber construido a partir de su experiencia una obra rigurosa, autónoma y capaz de modificar nuestra percepción del espacio.

Iwan Baan fotografió la escultura de calabaza de Kusama brillando en la noche, antes de que resultara dañada.

Iwan Baan fotografió la escultura de calabaza de Kusama brillando en la noche, antes de que resultara dañada.

Ahora desaparece la artista, pero permanece un sistema visual que parece haber sido concebido precisamente para negar cualquier límite. Kusama pasó su vida repitiendo un punto hasta convertirlo en miles, multiplicando un objeto mediante el reflejo y transformando una habitación cerrada en la ilusión de un espacio sin final.

Quizá por eso su legado resulta tan fácil de reconocer y, al mismo tiempo, tan difícil de resumir: detrás de sus lunares y sus colores había una manera muy personal de mirar el mundo y de recordarnos que cada uno de nosotros es apenas un punto dentro de algo mucho más grande.

Yayoi Kusama deja una obra en la que biografía, disciplina y percepción permanecen inevitablemente relacionadas, pero donde ninguna de ellas explica por sí sola el conjunto. Su mayor logro fue quizá convertir un reducido repertorio de formas en un territorio prácticamente inagotable. Un universo construido a partir de puntos, reflejos y repeticiones que, como tantas veces quiso sugerir, parece continuar más allá de sus propios límites.

Más información

Yayoi Kusama (n. el 22 de marzo de 1929 en Matsumoto, Nagano, Japón - f. el 14 de agosto de 2026 en Tokio, Japón) pertenece a una serie de mujeres artistas importantes que, contra todo pronóstico, consiguieron reconocimiento en el mundo artístico abrumadoramente masculino de Nueva York de las décadas de 1950 y de 1960. Con la doble desventaja de ser mujer y extranjera, Kusama se hizo con el apoyo crítico de los comentaristas y con el respeto de sus colegas.

Nació el 22 de marzo de 1929 en Matsumoto, una ciudad de provincias situada en la región montañosa de la prefectura de Nagano, a unos 209 km al oeste de Tokio. Es la menor de cuatro hijos de una familia de clase media alta cuya riqueza procedía de la gerencia de varios viveros dedicados a la venta de semillas al por mayor.

Con el deseo de liberarse de las costumbres y convenciones profundamente conservadoras que caracterizan a la familia y a la sociedad de Japón, se trasladó a Kioto para estudiar arte. En 1958 tomó una decisión más radical y se mudó a Nueva York, sin mecenas ni protector, para iniciar una carrera independiente en la ciudad que, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, se había convertido en el epicentro del mundo del arte contemporáneo.

En su autobiografía, Kusama recuerda: “Para un arte como el mío –arte que combate en la frontera entre la vida y la muerte y que cuestiona lo que somos y lo que significa vivir y morir- [Japón] resultaba demasiado pequeño, demasiado servil, demasiado feudal y demasiado desdenñoso con las mujeres. Mi arte necesitaba una libertad más ilimitada y un mundo más amplio”.

Las primeras pinturas y dibujos de Kusama son de inspiración surrealista, aunque inimitablemente suyas. Obtuvieron grandes elogios por parte de los expertos en arte más prominentes, algo que también conseguirían sus primeras pinturas de gran formato, sin precedentes, creadas durante sus primeros años en Nueva York. Esos lienzos enormes o, como llegaron a llamarse, Infinity Nets estaban cubiertos por pinceladas festoneadas de un solo color, repetidas sin cesar, con lo que se anticipaba al nacimiento de la pintura monocroma y al surgimiento de las técnicas de series, propias del arte minimalista y conceptual de la década de 1960.

Kusama no abandonaría esa experimentación precoz con nuevas posibilidades artísticas cuando forjó sus propios caminos en la escultura y en las instalaciones, adoptando técnicas de montaje y de escultura blanda que pueden reivindicar su precedencia —y su constatable influencia— respecto a artistas más jóvenes de la vanguardia, como Andy Warhol o Claes Oldenburg. A la innovación le seguía más innovación y, en menos de cinco años, Kusama creó la media docena de sintonías que han marcado su prolongada carrera y que continúan respaldando su impresionante creatividad: las pinturas «infinitas» y los objetos y ambientes cubiertos de falos o de macarrones, que abordan obsesiones relacionadas con el sexo y la comida, respectivamente; sus espectaculares habitaciones de espejos; collages de fantasía y fotomontajes; proyectos con películas y proyecciones de diapositivas; y el montaje de performances radicales y contraculturales.

En Nueva York, contra todo pronóstico, consiguió reconocimiento en el mundo artístico abrumadoramente masculino de las décadas de los años cincuenta y sesenta. Sin embargo, poco después, sus performances más radicales se enfrentaron a una creciente hostilidad por parte del mundo del arte. El abandono cada vez mayor por parte de la crítica, la pobreza y la enfermedad mental llevaron a Kusama a retirarse de la escena artística neoyorquina. En 1973 regresó a Japón, donde empezó de cero y continuó reinventándose a sí misma —como novelista, poeta, creadora de collages, pintora y escultora—, creando obras en el entorno protegido del hospital de Tokio en el que ha vivido desde 1977, pero también desde su estudio cercano, donde pasa todavía su jornada laboral.

Yayoi Kusama continúa hoy creando y ampliando el abanico de “ambientes” a los que debe su fama – unas instalaciones de gran formato y con una intensidad deslumbrante–, mientras pinta incansablemente a mano una extensa serie de dibujos figurativos de fantasía, repletos de detalles obsesivos.

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Publicado en: 27 de Agosto de 2026
Cita:
metalocus, JOSÉ JUAN BARBA
"El infinito pierde uno de sus puntos: Yayoi Kusama" METALOCUS. Accedido el
<https://www.metalocus.es/es/noticias/el-infinito-pierde-uno-de-sus-puntos-yayoi-kusama> ISSN 1139-6415
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