La enfermedad formó parte de su vida, pero no explica su obra. La excepcionalidad de Kusama estuvo en su capacidad para transformar una experiencia personal en un sistema artístico coherente, persistente y extraordinariamente fértil. La repetición no fue únicamente una respuesta a sus obsesiones, sino también una herramienta plástica; el punto dejó de ser un motivo decorativo para convertirse en una unidad capaz de alterar la percepción del espacio, mientras que el espejo permitió introducir al espectador dentro de esa multiplicación.
Después de estudiar arte en Kioto, en 1958 se trasladó a Nueva York, entonces uno de los principales centros de transformación del arte occidental. Llegó a una escena competitiva y mayoritariamente masculina, en un momento en el que comenzaban a cuestionarse los límites heredados de la pintura y la escultura. Kusama consiguió encontrar su lugar en aquel contexto y desarrollar una obra que mantenía una identidad propia al tiempo que dialogaba con algunos de los debates que darían forma al minimalismo, el arte conceptual y las prácticas performativas de los años sesenta.

Kusama junto a su Dot Car (1965) en Scheveningen, Países Bajos. Fotografía por Harrie Verstappen.
Antes de su llegada a Estados Unidos ya había mostrado una importante capacidad de experimentación. En el Japón de la posguerra, la escasez de materiales la llevó a utilizar pinturas domésticas, arena e incluso sacos procedentes del negocio familiar como soporte. Trabajó también con tinta, acuarela, pastel, témpera y aguada. Semillas, flores, árboles y otras formas naturales fueron perdiendo progresivamente su condición figurativa para convertirse en estructuras abstractas y repetitivas.
En Nueva York, esa investigación se desarrolló en sus conocidas Infinity Nets, grandes superficies cubiertas por pequeños gestos ejecutados una y otra vez hasta formar redes que parecen extenderse más allá del marco. El procedimiento era tan sencillo como radical: insistir sobre un mismo elemento hasta transformar por completo la percepción de la superficie. En esas redes aparecieron también los puntos que acabarían convirtiéndose en una de las imágenes más asociadas a su trabajo.

The Woman (La mujer), 1953. Pastel, tempera y acrílico sobre papel. 45,4 x 38,2 cm. The Blanton Museum (Texas, Estados Unidos).
Kusama entendió pronto que aquella investigación no tenía por qué detenerse en los límites del lienzo. En sus Accumulation Sculptures, objetos cotidianos, muebles y prendas de ropa quedaban cubiertos por elementos blandos repetidos hasta perder su identidad original. Después llegarían el collage, la fotografía, el cine, la performance y, sobre todo, las instalaciones. Más que cambiar de disciplina, Kusama fue trasladando una misma preocupación de un soporte a otro.
Esta continuidad explica buena parte de la fuerza de su trabajo. Kusama no construyó simplemente una iconografía reconocible, sino una forma de organizar el espacio y de situar al espectador dentro de él. Sus puntos, redes y reflejos funcionan porque pueden pasar de una escala mínima a otra arquitectónica sin perder intensidad.
Las Infinity Mirror Rooms son probablemente el ejemplo más claro. Desde la primera de estas instalaciones, realizada en 1965, los espejos permitieron multiplicar objetos, luces y cuerpos hasta hacer desaparecer visualmente los límites de la habitación. El visitante ya no observa la obra desde una posición exterior: su propia imagen entra en el sistema de repeticiones y pasa a formar parte de aquello que contempla.

Self-Obliteration (Auto-obliteration), 1967. Tinta y fotografía, 18,2 x 24 cm. Imagen cortesía de Yayoi Kusama.
En 2011, el Museo Reina Sofía de Madrid dedicó a Kusama una gran retrospectiva que recorría seis décadas de trabajo. Entre las obras presentadas se encontraba Infinity Mirrored Room – Filled with the Brilliance of Life, concebida para aquella exposición. La muestra viajaría posteriormente al Centre Pompidou de París, la Tate Modern de Londres y el Whitney Museum de Nueva York, consolidando un reconocimiento internacional que había tardado décadas en alcanzar toda su dimensión.
Su vocabulario continuó evolucionando sin abandonar aquellos elementos iniciales. En 2016, la galería Victoria Miro de Londres reunió nuevas pinturas, esculturas de calabazas y tres habitaciones de espejos. Sus redes infinitas, los puntos y las obras pertenecientes a la serie Mi Alma Eterna, iniciada en 2009, mostraban a una artista que seguía trabajando sobre un conjunto de temas antiguos sin convertirlos en una simple repetición de sí misma.

Yayoi Kusama, «Obsesión por los puntos — Vivo, en busca de la Eterna Esperanza» / «Dots Obsession — Alive, Seeking Eternal Hope», en la Casa de Cristal de Philip Johnson en Connecticut. Fotografía por Matthew Placek.
Ese mismo año, su Jardín de Narcisos fue instalado en la Casa de Cristal de Philip Johnson, en Connecticut. Presentada originalmente en la Bienal de Venecia de 1966, la obra estaba compuesta en esta ocasión por 1.300 esferas de acero reflectante colocadas sobre un estanque. El viento y el movimiento del agua modificaban continuamente su posición, mientras cada esfera devolvía una imagen fragmentada del cielo, los árboles y la arquitectura.
La intervención introducía el universo de Kusama dentro de uno de los iconos de la arquitectura moderna. Los reflejos multiplicaban la transparencia de la casa y alteraban la lectura del paisaje, estableciendo una relación especialmente precisa entre objeto, arquitectura y entorno. La instalación se completaba con una gran Pumpkin y con los característicos puntos aplicados sobre los cerramientos de vidrio.

Vista de la instalación, esculturas, pinturas y salas de espejos de Yayoi Kusama. Fotografía por Yayoi Kusama, cortesía de Kumasa Enterprise, OTA Fine Arts, Tokio / Singapur y Victoria Miro, Londres.
La calabaza, presente de forma recurrente en su obra, resume bien esa capacidad para convertir un objeto cotidiano en una presencia extraña y monumental. Kusama regresó a ella durante décadas, de la misma manera que regresó a las redes y a los puntos. Su interés nunca estuvo tanto en inventar continuamente nuevas formas como en explorar hasta dónde podía llevar unas pocas.
Tras regresar definitivamente a Japón en 1973, amplió además su actividad hacia la literatura, la poesía y el collage. Desde 1977 vivió voluntariamente en un hospital psiquiátrico de Tokio y mantuvo su estudio en las proximidades. Esa circunstancia, tantas veces utilizada como elemento central de su biografía, no interrumpió su producción. Al contrario, Kusama continuó trabajando durante décadas con una constancia poco habitual.
Su trayectoria obliga así a separar dos cuestiones que con demasiada frecuencia aparecen confundidas. Sus trastornos condicionaron parte de su experiencia vital, pero la importancia de Kusama no reside en haber convertido una enfermedad en espectáculo, sino en haber construido a partir de su experiencia una obra rigurosa, autónoma y capaz de modificar nuestra percepción del espacio.

Iwan Baan fotografió la escultura de calabaza de Kusama brillando en la noche, antes de que resultara dañada.
Ahora desaparece la artista, pero permanece un sistema visual que parece haber sido concebido precisamente para negar cualquier límite. Kusama pasó su vida repitiendo un punto hasta convertirlo en miles, multiplicando un objeto mediante el reflejo y transformando una habitación cerrada en la ilusión de un espacio sin final.
Quizá por eso su legado resulta tan fácil de reconocer y, al mismo tiempo, tan difícil de resumir: detrás de sus lunares y sus colores había una manera muy personal de mirar el mundo y de recordarnos que cada uno de nosotros es apenas un punto dentro de algo mucho más grande.
Yayoi Kusama deja una obra en la que biografía, disciplina y percepción permanecen inevitablemente relacionadas, pero donde ninguna de ellas explica por sí sola el conjunto. Su mayor logro fue quizá convertir un reducido repertorio de formas en un territorio prácticamente inagotable. Un universo construido a partir de puntos, reflejos y repeticiones que, como tantas veces quiso sugerir, parece continuar más allá de sus propios límites.