La vida y la obra se Sabatini se exponen mediante el análisis de más de un centenar de piezas históricas, entre las que se encuentran los mejores planos y dibujos del arquitecto procedentes de las principales colecciones públicas y privadas, nacionales e internacionales. También se pueden contemplar obras de arte escultóricas y pictóricas, entre ellas, óleos de Francisco de Goya y Salvador Maella.
La exposición acilita el acercamiento a través de una narración gráfica de gran calidad técnica y una producción audiovisual innovadora. La ciudad que diseñó el palermitano se exhibe ante los visitantes a través de una reconstitución gráfica en tres dimensiones que acompaña y completa el análisis histórico de la transformación de la capital.
Arquitectura y poder
Francisco Sabatini fue arquitecto e ingeniero real al servicio de Carlos III y Carlos IV entre los años 1760 y 1797. A él se deben obras tan emblemáticas en Madrid como la reforma del Palacio Real, la Casa de Aduanas, el Palacio de Godoy, la Basílica de San Francisco el Grande o la Puerta del Real Jardín Botánico. Su carrera de más de tres décadas al servicio de la monarquía española no sólo transformó la arquitectura de los reales sitios, sino también la morfología de la capital.
Madrid era en 1760 la capital de un vasto imperio transatlántico. Carlos III, que durante más de 25 años había sido soberano de las Dos Sicilias (1734-1759), sabía lo que era gobernar una metrópolis. El monarca había transformado Nápoles, la tercera ciudad más poblada del continente tras Londres y París, en una verdadera capital europea. Cuando en 1759 llegó a Madrid, se propuso emplear la misma cultura arquitectónica que había ensayado en Italia y por ello decidió reclamar a Sabatini, del que conocía su eficacia y solvencia.
La exposición explica la relación entre arquitectura y monarquía, espacio y poder, abordando no solo los proyectos más importantes realizados por Sabatini para la ciudad de Madrid, sino también el modelo de Estado, nación y sociedad que Carlos III intentó implantar con la transformación de su capital.
La exposición se articula en torno a las siguientes unidades museográficas:
1.- Construir y gobernar: las artes al servicio del poder
La exposición acilita el acercamiento a través de una narración gráfica de gran calidad técnica y una producción audiovisual innovadora. La ciudad que diseñó el palermitano se exhibe ante los visitantes a través de una reconstitución gráfica en tres dimensiones que acompaña y completa el análisis histórico de la transformación de la capital.
Arquitectura y poder
Francisco Sabatini fue arquitecto e ingeniero real al servicio de Carlos III y Carlos IV entre los años 1760 y 1797. A él se deben obras tan emblemáticas en Madrid como la reforma del Palacio Real, la Casa de Aduanas, el Palacio de Godoy, la Basílica de San Francisco el Grande o la Puerta del Real Jardín Botánico. Su carrera de más de tres décadas al servicio de la monarquía española no sólo transformó la arquitectura de los reales sitios, sino también la morfología de la capital.
Madrid era en 1760 la capital de un vasto imperio transatlántico. Carlos III, que durante más de 25 años había sido soberano de las Dos Sicilias (1734-1759), sabía lo que era gobernar una metrópolis. El monarca había transformado Nápoles, la tercera ciudad más poblada del continente tras Londres y París, en una verdadera capital europea. Cuando en 1759 llegó a Madrid, se propuso emplear la misma cultura arquitectónica que había ensayado en Italia y por ello decidió reclamar a Sabatini, del que conocía su eficacia y solvencia.
La exposición explica la relación entre arquitectura y monarquía, espacio y poder, abordando no solo los proyectos más importantes realizados por Sabatini para la ciudad de Madrid, sino también el modelo de Estado, nación y sociedad que Carlos III intentó implantar con la transformación de su capital.
La exposición se articula en torno a las siguientes unidades museográficas:
1.- Construir y gobernar: las artes al servicio del poder
En la tarea de construir una capital intervienen, hoy como ayer, muchas manos. En el siglo XVIII, si bien fueron los soberanos los que tuvieron la última palabra, otros importantes agentes políticos participaron de manera crucial en su gobierno y, en consecuencia, diseño y arquitectura. Entre ellos destacan los secretarios de Estado y del Despacho que, como Esquilache, Grimaldi o Floridablanca, estuvieron detrás de importantísimas iniciativas urbanas. El espacio, entendido como herramienta de gobierno, se convirtió de este modo en un asunto de Estado durante el reinado de Carlos III.
Sabatini comprendió rápidamente este axioma y desde su llegada a Madrid en 1760 acomodó sus diseños y proyectos a las necesidades y valores políticos demandados por los representantes de la monarquía y el Estado. Para ello, Sabatini no solo acudió a su experiencia en Roma y Nápoles, sino también al conocimiento proporcionado por una riquísima biblioteca que le permitió estar al corriente de todas las novedades arquitectónicas de su tiempo.
Sabatini comprendió rápidamente este axioma y desde su llegada a Madrid en 1760 acomodó sus diseños y proyectos a las necesidades y valores políticos demandados por los representantes de la monarquía y el Estado. Para ello, Sabatini no solo acudió a su experiencia en Roma y Nápoles, sino también al conocimiento proporcionado por una riquísima biblioteca que le permitió estar al corriente de todas las novedades arquitectónicas de su tiempo.
2.- El palacio, la capital y el Estado: espacios para una monarquía
El palacio es uno de los símbolos más representativos de la majestad, difícil imaginar una monarquía sin una prestigiosa sede que fuera capaz de reflejar los valores con los que desea ser asociada. Felipe V e Isabel de Farnesio lo entendieron bien y por ello llamaron a Filippo Juvarra en 1734 para que, tras el incendio del Alcázar, construyera un palacio digno de su identidad. Juvarra, siciliano como Sabatini, proyectó un verdadero monumento en el que la corte y el Estado debían convivir en un mismo techo, el palacio era trasmutado así en el punto neurálgico del Madrid regio.
Carlos III imitó en Nápoles el modelo de sus progenitores y, por ello, mientras Sacchetti, tras la muerte de Juvarra, construía el palacio nuevo en Madrid, el rey de las Dos Sicilias ordenó levantar en 1750 el colosal palacio de Caserta. El proyecto de Vanvitelli, donde Sabatini intervino, demuestra la gran implicación de Carlos III con la arquitectura. Tras su llegada a Madrid, el nuevo soberano se implicará intensamente en la transformación de una capital cuyo espacio debía reflejar su idea y concepto de gobierno.
3.- Madrid y Sabatini. La construcción de una capital
Madrid era en 1760 una urbe con muchos problemas. El más acuciante era el de la salubridad e higiene de sus calles, que Carlos III, con Sabatini y Esquilache, abordó de manera decidida desde 1761. Esa reforma en profundidad corrió pareja con la creación de toda una serie de equipamientos urbanos que garantizaran las necesidades de un Estado cada vez más omnímodo: la Real Aduana para reforzar su capacidad administrativa; el Hospital General para centralizar la asistencia médica y el Jardín Botánico para vigorizar su política científica.
El motín de Esquilache de 1766 modificó esa política urbana. El rey y sus ministros decidieron a partir de esa fecha intervenir también en los espacios exteriores de la capital. De una parte, reformando su muralla, accesos y entradas, como las puertas de Alcalá o San Vicente, con el objetivo de mejorar el flujo y circulación de personas y mercancías. De otra, creando, a través de paseos y parques públicos, espacios de esparcimiento que, como el paseo de la Florida, el del Prado o los jardines del Buen Retiro, compensaran las frustraciones políticas de los madrileños tras el motín. Ambas, la reforma interna y la expansión externa de la ciudad, encuentran en Sabatini uno de los principales protagonistas de la transformación urbana dieciochesca.
El motín de Esquilache de 1766 modificó esa política urbana. El rey y sus ministros decidieron a partir de esa fecha intervenir también en los espacios exteriores de la capital. De una parte, reformando su muralla, accesos y entradas, como las puertas de Alcalá o San Vicente, con el objetivo de mejorar el flujo y circulación de personas y mercancías. De otra, creando, a través de paseos y parques públicos, espacios de esparcimiento que, como el paseo de la Florida, el del Prado o los jardines del Buen Retiro, compensaran las frustraciones políticas de los madrileños tras el motín. Ambas, la reforma interna y la expansión externa de la ciudad, encuentran en Sabatini uno de los principales protagonistas de la transformación urbana dieciochesca.
4.- El Palacio Real: proyectos y realidades
Cuando Carlos III llegó a Madrid a finales de 1759 el Palacio Real estaba prácticamente terminado en su construcción, pero faltaba decorar y amueblar el interior. El rey, que solicitó visitarlo enseguida, quedó muy decepcionado con el resultado. En consecuencia, su diseñador y director de obras, Sacchetti, así como su equipo —en el que se encontraba Ventura Rodríguez, fueron despedidos y Sabatini, en Nápoles, reclamado para llevar a cabo los trabajos.
Durante las obras dirigidas por Sabatini, los reyes residieron en el palacio del Buen Retiro, poco apreciado por ambos monarcas. Finalmente, el rey y su familia se trasladaron a la nueva sede regia en diciembre de 1764, pese a que las escaleras todavía no estaban terminadas. Carlos III pronto se dio cuenta de que el palacio no era capaz de satisfacer todas las demandas de su idea de majestad y por ello encomendó a Sabatini varios proyectos de ampliación del palacio. Aunque presentó diferentes propuestas, ninguna de ellas llegó a materializarse de manera completa, pese a que eran necesarias al acomodo de su familia. Carlos IV ordenó a Sabatini, en 1790, algo mucho más ambicioso: un «Aumento» para albergar toda la administración, Consejos y ministerios.
Durante las obras dirigidas por Sabatini, los reyes residieron en el palacio del Buen Retiro, poco apreciado por ambos monarcas. Finalmente, el rey y su familia se trasladaron a la nueva sede regia en diciembre de 1764, pese a que las escaleras todavía no estaban terminadas. Carlos III pronto se dio cuenta de que el palacio no era capaz de satisfacer todas las demandas de su idea de majestad y por ello encomendó a Sabatini varios proyectos de ampliación del palacio. Aunque presentó diferentes propuestas, ninguna de ellas llegó a materializarse de manera completa, pese a que eran necesarias al acomodo de su familia. Carlos IV ordenó a Sabatini, en 1790, algo mucho más ambicioso: un «Aumento» para albergar toda la administración, Consejos y ministerios.
5.- La puerta de Alcalá
En 1769 el rey pidió diseños a tres arquitectos para la realización de la nueva puerta de Alcalá, pues la antigua era demasiado exigua y no se adaptaba a la reforma prevista para la calle. Los convocados fueron José de Hermosilla, antiguo arquitecto del Hospital General y protegido del conde de Aranda, presidente del consejo de Castilla; Francisco Sabatini, arquitecto real y preferido por Grimaldi, primer secretario de Estado, y Ventura Rodríguez, arquitecto municipal y favorito de Campomanes, fiscal del Consejo.
Mientras conocemos las tres alternativas presentadas por Sabatini y las cinco diseñadas por Rodríguez, desconocemos, lamentablemente, aquellas concebidas por Hermosilla. Sea como fuere, Carlos III se decantó por Sabatini, su arquitecto, que conocía perfectamente la tradición italiana de la puerta urbana, empleada tradicionalmente para ensalzar las virtudes de su gobernante. Sabatini concibió así una eficaz portada capitalina que, en forma de arco de triunfo, muestra la gloria de la majestad del rey que la mandó erigir.
Mientras conocemos las tres alternativas presentadas por Sabatini y las cinco diseñadas por Rodríguez, desconocemos, lamentablemente, aquellas concebidas por Hermosilla. Sea como fuere, Carlos III se decantó por Sabatini, su arquitecto, que conocía perfectamente la tradición italiana de la puerta urbana, empleada tradicionalmente para ensalzar las virtudes de su gobernante. Sabatini concibió así una eficaz portada capitalina que, en forma de arco de triunfo, muestra la gloria de la majestad del rey que la mandó erigir.
6.-Arquitectura y urbanismo
En esta sección se presentan algunos de los proyectos arquitectónicos más imponentes de Sabatini, como el Hospital General o la Real Aduana, edificios con gran vocación urbana, capaces de ordenar el espacio e imponer una imagen monumental del poder que los construye. Todo ello da pie para pasar luego a comprender el Sabatini que interviene en la ciudad, ya de manera efímera, a través de máquinas festivas de marcado carácter performativo, ya de manera más permanente, con viales, puertas y murallas que definen el entorno de una villa y el flujo entre su núcleo y periferia.
Una de sus intervenciones más logradas y notables a escala urbana es hoy, paradójicamente, casi imperceptible, la reforma sanitaria e higiénica del centro de Madrid. Obra mayor y colosal, el empeño con la que fue aplicada nos señala la importancia que tuvieron ya unos valores considerados tan modernos en un pasado solo aparentemente lejano. La ignorancia y el desinterés con que ha sido maltratada la obra de Sabatini no refleja, por tanto, su valor sino sencillamente la incuria con la que, en no pocas ocasiones, se ha tratado el rico pasado arquitectónico y urbano de Madrid.
Una de sus intervenciones más logradas y notables a escala urbana es hoy, paradójicamente, casi imperceptible, la reforma sanitaria e higiénica del centro de Madrid. Obra mayor y colosal, el empeño con la que fue aplicada nos señala la importancia que tuvieron ya unos valores considerados tan modernos en un pasado solo aparentemente lejano. La ignorancia y el desinterés con que ha sido maltratada la obra de Sabatini no refleja, por tanto, su valor sino sencillamente la incuria con la que, en no pocas ocasiones, se ha tratado el rico pasado arquitectónico y urbano de Madrid.
7.- Intramuros, extramuros: idea, imagen y desarrollo de una capital
En el siglo XVIII, como muestra el caso de París, la muralla todavía desempeñaba un papel muy importante en la definición de la trama y organización urbana de una metrópolis. Madrid, definida por una «cerca» con múltiples puertas, aún conservaba la suya, necesaria por motivos administrativos y de orden público. Lejos de eliminar un elemento de todo punto necesario para el buen gobierno de la urbe, la monarquía empleó esta construcción para replantear una transformación en profundidad de la periferia de la villa.
Así, la reforma de las puertas y los paseos exteriores permitió que la naturaleza comenzara a cobrar protagonismo en el paisaje urbano de la ciudad, donde el río dejaba de estar marginado, integrándose ya, aunque tímidamente, en su configuración. Mientras el interior de la villa se reformó radicalmente en todos sus aspectos sanitarios y de habitabilidad, los exteriores se transformaron con el claro objetivo de convertirlos en espacios de sociabilidad ciudadana, perfecta metáfora del nacimiento de una nueva mentalidad política.
Así, la reforma de las puertas y los paseos exteriores permitió que la naturaleza comenzara a cobrar protagonismo en el paisaje urbano de la ciudad, donde el río dejaba de estar marginado, integrándose ya, aunque tímidamente, en su configuración. Mientras el interior de la villa se reformó radicalmente en todos sus aspectos sanitarios y de habitabilidad, los exteriores se transformaron con el claro objetivo de convertirlos en espacios de sociabilidad ciudadana, perfecta metáfora del nacimiento de una nueva mentalidad política.