El recorrido comienza atravesando un umbral oscuro y silencioso que conduce a una sala central concebida para aislar al visitante del ruido exterior y propiciar una experiencia de recogimiento colectivo.
La materialidad elegida por Sana Frini y Vuslat desempeña un papel fundamental en la construcción de esta atmósfera. El espacio se compone de fieltro, lino crudo, estructuras metálicas y textiles artesanales desarrollados junto a artesanos mexicanos. Los materiales absorben el sonido y suavizan la percepción espacial, mientras una abertura cenital introduce la luz natural como elemento simbólico de conexión entre interior y exterior. En el centro de la instalación cuelga una pieza textil de gran formato intervenida con pastel y carboncillo, que evoca rastros de memoria y huellas sensibles.
La dimensión poética de la obra se construye a través del silencio, la escucha y la memoria como formas de reconexión personal y colectiva. La instalación incorpora intervenciones performáticas donde aroma, sonido y quietud activan experiencias sensoriales y emocionales. Concebida como una arquitectura nómada y adaptable, «La casa del silencio» propone una reflexión sobre el hogar entendido no como un lugar físico, sino como un estado interior ligado a la confianza, el cuidado y la pertenencia.

«La casa del silencio» por Sana Frini + Vuslat. Fotografía por Derrick Belcham.
Descripción del proyecto por Sana Frini + Vuslat
¿Dónde está el hogar cuando el mundo no deja de moverse? Esta es la pregunta central de «Casa del Silencio», una instalación de la artista Vuslat y la arquitecta Sana Frini que propone algo radical en una era de aceleración constante: detenerse, entrar en el silencio y descubrir que el hogar no es un lugar, sino algo que siempre hemos llevado dentro.
Vuslat es una artista multidisciplinar cuya práctica —que abarca el dibujo, la escultura, la cerámica y la instalación— gira en torno al concepto de Emanet: un marco a través del cual investiga la confianza, la tutela, la memoria y la conciencia colectiva. Tras casi dos décadas trabajando de forma independiente, presentó su primera exposición individual en 2022 y desde entonces ha expuesto en instituciones como el Museo de Troya y el Museo Baksi.
En 2020 fundó «Escucha Generosa», una iniciativa global que explora la escucha como una práctica ética y social, un gesto que también define su creación artística: desde el silencio hacia afuera. Sana Frini es una arquitecta tunecina y cofundadora de LOCUS, con sede en Ciudad de México. Su práctica se centra en los procesos arquitectónicos del Sur Global: sistemas neovernaculares, resiliencia climática y la reintegración del conocimiento local. Ha expuesto en la Bienal de Venecia, la Bienal de Versalles y la Trienal de Arquitectura de Lisboa, y ha liderado proyectos tan concretos como el primer restaurante de cero residuos en Latinoamérica. Dos trayectorias distintas, una sensibilidad compartida: construir desde lo esencial.
La obra se inspira en la yurta, el antiguo refugio nómada: circular, portátil, diseñado para acompañar a sus habitantes a través de vastos paisajes. Mientras el mundo exterior cambia y se transforma, la yurta protege un centro interior: un lugar de encuentro, memoria y retorno. Ese es precisamente el gesto que la Casa del Silencio ofrece a sus visitantes.
La experiencia comienza con un acto de entrega: se quitan los zapatos y se atraviesa un pasillo oscuro, un umbral entre el ruido del mundo y lo que yace en su interior. Al final, el espacio se abre: una sala circular de 36 metros cuadrados y casi cinco metros de altura, silenciosa gracias al fieltro e iluminada desde arriba por una abertura cenital que dirige la luz hacia abajo como un hilo que conecta el interior con el cielo. El suelo absorbe el sonido; los materiales suavizan el ambiente acústico.
Todo ha sido diseñado para crear una burbuja de silencio, un contraste deliberado con el ritmo de la ciudad y la feria. En el centro, casi como un corazón, cuelga «Mi hogar en silencio»: una gran pieza de lino crudo pintada con pastel y carboncillo, atada con cuerdas de fieltro. Sus trazos evocan algo entre pinturas rupestres y mapas de la memoria: fragmentos, huellas, sensaciones que el cuerpo reconoce antes de que la mente pueda nombrarlas.
La instalación también incorpora momentos performativos: breves intervenciones diarias donde el aroma de las rosas, el sonido y el silencio colectivo convergen para activar la memoria de forma involuntaria. Porque la memoria, en esta obra, no es nostalgia, sino la herramienta principal para reencontrarse con uno mismo.
La colaboración entre Vuslat y Sana nació precisamente de ese lugar: se conocieron en un momento en que el silencio era necesario para ambos, como una forma de sanación, como una manera de tomar distancia. Uno es de Turquía, el otro de Túnez. Ambos saben lo que significa construir un sentido de hogar a partir de la condición de estar en múltiples lugares a la vez, y a la vez en ninguno. La instalación también se creó en diálogo con artesanos mexicanos: la herrería estructural del taller de Pablo Reyes en el Estado de México y la artesanía textil de la costurera Martha Cedillo en Hidalgo, honrando la habilidad manual como fundamento de la identidad y la memoria colectiva.
La Casa del Silencio se concibe como nómada: puede viajar, adaptarse, y este es solo el primer capítulo de una serie en expansión. Lo que los visitantes se llevan consigo al marcharse es difícil de definir: quizás una pregunta sobre qué significa el hogar para ellos, quizás la confianza: en sí mismos, en los demás, en la vida. Ambos creadores prefieren no decir demasiado. Es algo por descubrir, no por explicar. Y eso, en un mundo saturado de palabras, ya es un acto de valentía.