El dispositivo urbano desarrollado por el equipo de Bioma ofrece una nueva oportunidad a los históricos puestos de diarios, hoy desprovistos de sentido en su función original. El proyecto «Canillita» revela una forma de pensamiento contemporánea centrada en la flexibilidad y en la multiplicidad de escenarios posibles. Según cómo se abren, giran o se extienden sus planos, cada puesto puede ser habitado de un modo distinto.
Como gajos desplegables, los paneles metálicos -verdes y curvos- se abren y transforman la vereda en un escenario abierto a infinitas formas de vida cotidiana. Atendiendo a las sutilezas de cada ubicación en la ciudad, esta trilogía de piezas urbanas se presenta como un delicado dispositivo cultural que expande su programa sobre el espacio público, invitando a la ciudadanía a habitarlo de nuevas maneras.

«Canillita» por Bioma. Fotografía por Javier Agustín Rojas.
Descripción del proyecto por Bioma
Los puestos de diarios aparecen hoy como objetos en vías de obsolescencia: piezas urbanas que ya no cumplen su función original pero siguen ancladas en espacios muy específicos de la ciudad. El proyecto reconoce en esa condición una oportunidad y retoma el nombre «Canillita» de los antiguos vendedores de diarios para ensayar una nueva identidad para esos soportes. La herramienta es el despliegue, entendido como sistema de pensamiento: la manera en que los planos se abren, giran y se extienden define cómo se habita y se activa cada puesto.
«Canillita» se proyecta como una familia de artefactos urbanos que comparten esa lógica de despliegue pero se ajustan a cada contexto. Los tres casos construidos trabajan con envolventes curvas y móviles, aunque ninguno es idéntico: la geometría final se recalibra según el entorno, permitiendo que cada puesto resuene de forma distinta con su esquina, su edificio vecino y la escala de su calle.
El despliegue es, a la vez, técnico y espacial. Técnico, porque la envolvente se resuelve en paneles metálicos curvos que giran sobre bisagras y se abren como gajos, transformando un cuerpo compacto en una máquina extendida. Espacial, porque al abrirse esos planos toman la vereda: se vuelven soporte de muestras, telón de pequeñas escenas cotidianas, filtro de luz y señal para las actividades culturales que los activan. El antiguo kiosco cerrado se convierte así en dispositivo cultural que irradia programa hacia el espacio público.
El primer artefacto construido se ubica en la esquina de Santa Fe y Maipú, junto al Palacio Paz, en el corazón histórico de Buenos Aires. Allí, los gajos metálicos curvos dialogan con la ornamentación del palacio recuperando, en clave contemporánea, ciertos gestos art nouveau del entorno.
La chapa perforada funciona simultáneamente como piel, visera y soporte expositivo: sostiene fotografías, afiches y textos que, una vez desplegados, desbordan el perímetro original del kiosco. De día, los planos metálicos reflejan el movimiento de la avenida; de noche, el artefacto se ilumina desde dentro y el antiguo puesto de diarios se transforma en un pequeño faro cultural sobre la vereda.