Mediante una única operación estructural, DRM Arquitectura materializa la transformación de «Autohelado LV Escalada». Dos vigas laterales de hormigón armado, que reconocen la modulación del almacén existente, envuelven y consolidan la estructura original. Sobre ellas se apoya una sucesión de pórticos de madera que sostiene una gran cubierta inclinada, perforada para permitir que la palmera la atraviese y permanezca como protagonista del espacio. Más que un elemento de protección, la cubierta genera los salones en doble altura, los entrepisos colgados y la galería.
La lógica material del proyecto se basa en la repetición de pórticos de madera, unidos mediante conexiones metálicas y dispuestos cada dos metros, una modulación equivalente a la mitad del módulo estructural del edificio original. Este sistema, que genera un espacio definido por ritmos, sombras, planos de aberturas, vacíos y llenos, permite compatibilizar ambas estructuras, optimizar recursos, reducir los tiempos de obra y dotar al conjunto de una gran flexibilidad.

«Autohelado LV Escalada» por DRM Arquitectura. Fotografía por Javier Agustín Rojas.
Descripción del proyecto por DRM Arquitectura
El proyecto surge a partir de la ampliación de un edificio comercial existente destinado a una heladería con modalidad «autohelado», una tipología en la que peatones y vehículos ingresan, circulan y permanecen simultáneamente dentro del predio. Más que resolver una ampliación funcional, el desafío consistió en transformar una preexistencia deteriorada en una nueva pieza urbana capaz de integrarse al barrio y reforzar su identidad.
El terreno, de gran profundidad y con frente a dos calles, estaba ocupado por un galpón exento de las medianeras cuya estructura presentaba importantes deficiencias. Una gran palmera, también en mal estado, completaba el conjunto de preexistencias. Lejos de entender ambos elementos como un obstáculo, el proyecto los asumió como el punto de partida de la intervención. Recuperar el galpón y preservar la palmera significó construir sobre la memoria del lugar y convertir aquello que parecía no tener valor en el principal recurso arquitectónico del proyecto.
Una única operación estructural permitió materializar esta transformación. Dos vigas laterales de hormigón armado, de aproximadamente cuarenta metros de longitud, reconocen la modulación del galpón existente, lo envuelven y lo consolidan estructuralmente, resolviendo sus patologías y generando el soporte necesario para la nueva intervención.
Sobre estas vigas se apoya una sucesión de pórticos de madera que sostienen una gran cubierta inclinada. Más que un elemento de protección, la cubierta es la generadora de todo el espacio: los salones en doble altura, los entrepisos colgados y la galería. El lenguaje y expresión del edificio son la resultante directa de las operaciones que genera dicha cubierta. El espacio apareció repentinamente apenas se montó la estructura del edificio, generando los ritmos, las sombras, los planos de aberturas, los vacíos y los llenos.
Grandes aleros perimetrales extienden la cubierta hacia el exterior y protegen el edificio de las condiciones climáticas. En la fachada norte, el mayor de ellos conforma una galería que funciona como un dispositivo bioclimático de control solar y, al mismo tiempo, resuelve accesos, expansiones, circulaciones verticales y espacios de permanencia. Una gran perforación permite que la palmera atraviese la cubierta y permanezca como protagonista del nuevo espacio, mientras una canaleta suspendida recoge las aguas pluviales sin interrumpir la continuidad de la estructura.
La lógica material del proyecto surge de la repetición de pórticos de madera separados aproximadamente cada dos metros, una modulación equivalente a la mitad del módulo estructural del galpón original. Esta decisión permitió compatibilizar ambas estructuras y, al mismo tiempo, ordenar el sistema de cerramientos y carpinterías. Los pórticos fueron construidos con piezas comerciales de madera de pino laminada, vinculadas mediante un catálogo de uniones metálicas especialmente diseñadas para el proyecto. La utilización de componentes estandarizados hizo posible optimizar recursos, reducir tiempos de obra y dotar al sistema de una gran flexibilidad para resolver diferentes situaciones espaciales: sostener la cubierta, suspender entrepisos, integrar la sala de máquinas, incorporar dispositivos de control solar y anclar el mobiliario fijo de la galería.
La intervención propone una arquitectura donde la estructura no solo resuelve cuestiones técnicas, sino que construye el espacio, recupera una preexistencia y redefine la identidad de un lugar a través de una única operación arquitectónica.