MARS Architectes divide la residencia en cuatro volúmenes ligeramente desplazados entre sí. Los bloques se elevan sobre un zócalo común que reúne el vestíbulo, el aparcamiento de bicicletas, la lavandería, el gimnasio, el espacio de trabajo y la cafetería, organizados mediante un recorrido continuo adaptado a los desniveles del terreno. En las plantas superiores, terrazas, jardines colgantes y miradores, se prolongan los espacios colectivos hacia el paisaje parisino.
Las fachadas se construyen a partir de una retícula repetitiva que introduce ritmo, sombra y variaciones de luz, reinterpretando la ortogonalidad de los edificios existentes. En el exterior, una envolvente modulada y de gran espesor, formada por marcos sucesivos y retranqueos, controla la entrada de luz, genera sombra y aporta profundidad a las fachadas, mientras que en las cubiertas, la construcción se fragmenta para incorporar terrazas, plataformas ajardinadas y miradores.

Residencia de estudiantes Lourmel por MARS Architectes. Fotografía por Raphael Renard.
Descripción del proyecto por MARS Architectes
Emplazamiento
Construida en la década de 1960, la residencia actual es fruto de esa época singular en la que París experimentaba —en los márgenes de su tejido urbano haussmaniano— con formas arquitectónicas heredadas de los *grands ensembles* (grandes conjuntos habitacionales). Situada entre las calles Rue des Cévennes, Rue de Lourmel y Rue Lacordaire, en las inmediaciones del parque André Citroën y del nuevo eco-barrio Boucicaut, la parcela ocupa una posición geográfica estratégica.
El conjunto conforma una vasta manzana ajardinada sobre una losa de hormigón, concebida como un corazón verde interior; hoy en día, este espacio está catalogado como zona verde protegida y constituye un eslabón discreto dentro de la red verde del suroeste de París. En torno a este vacío central se alzan estructuras de una escala inusual para París: fachadas largas y rectilíneas —imponentes, casi telúricas— que forman verdaderos muros de hormigón. Su escala, continuidad y precisión ortogonal reflejan una estética de masa y orden —heredada de una audaz tradición funcionalista— que domina el paisaje del jardín y condiciona fuertemente tanto sus usos como su percepción.
Integración urbana
La residencia de estudiantes Lourmel se ubica dentro de este complejo consolidado, construida sobre el emplazamiento de la antigua rampa de aparcamiento. El proyecto introduce un espacio intermedio —de menor altura y más fragmentado— que se desliza entre las grandes fachadas de los edificios existentes sin competir con ellas.
Esta fragmentación responde a un doble enfoque. En primer lugar, genera un contraste de escala y composición frente a la potente ortogonalidad de los edificios preexistentes: en lugar de un volumen continuo, la residencia se divide en cuatro bloques diferenciados y ligeramente desplazados; sus posiciones rompen la linealidad de las fachadas circundantes y suavizan la sensación de masa en el corazón de la manzana. No obstante, esta fragmentación no es meramente una estrategia formal. Responde a un contexto normativo y urbano muy restrictivo, marcado por normas estrictas relativas a los ángulos de visión y a la proximidad de los edificios vecinos.
Los bloques giran, se desplazan y oscilan para encontrar la orientación más favorable dentro de la profundidad de la parcela. Este ajuste preciso permite abrir vistas, evitar confrontaciones visuales demasiado directas, crear perspectivas diagonales y ofrecer a las habitaciones una conexión más abierta con el exterior. Así, la forma fragmentada del proyecto se convierte en la expresión visible de una búsqueda de habitabilidad: transforma las limitaciones en calidad espacial mediante la articulación de la normativa, la luz, las vistas y la privacidad. El contraste se extiende al color, donde cada volumen afirma su propia presencia en un entorno dominado mayoritariamente por la uniformidad mineral. Esta diferenciación no es un mero efecto gráfico; permite percibir con claridad la diversidad de situaciones espaciales: desde el frente urbano, los retranqueos y los umbrales hasta la relación con el jardín.
Por último, esta estrategia de contraste se complementa con una atención minuciosa al tratamiento del suelo, la transparencia y la continuidad paisajística. El proyecto no se limita a ocupar un solar disponible; redefine la relación entre la calle y el interior de la manzana, revela la profundidad del jardín interior y contribuye a recomponer un paisaje compartido. Así, Lourmel actúa como un elemento mediador —arquitectónico, doméstico y paisajístico a la vez— capaz de introducir una escala más humana en un complejo fuertemente marcado por la masividad, la repetición y el orden.
La intervención no se circunscribe al nuevo edificio. Abarca también la remodelación del patio y de las zonas verdes de la residencia existente, espacios que originalmente estaban poco aprovechados y se caracterizaban por superficies excesivamente impermeables. En colaboración con paisajistas, el interior de la manzana se ha rediseñado como un proyecto paisajístico integral.
Se han reorganizado los senderos y la vegetación, y se ha maximizado la permeabilidad de las superficies. La incorporación de zonas de juegos infantiles en el patio dota al proyecto de un alcance que trasciende la mera función de residencia estudiantil. De este modo, Lourmel mejora el entorno vital de todo el complejo residencial.
El paisaje no es un mero complemento decorativo del edificio; desempeña un papel activo en la transformación de la manzana al recuperar un suelo más dinámico, más absorbente y mejor adaptado al uso cotidiano.
Desde la calle
En su relación con la calle, el proyecto adopta un enfoque opuesto a la lógica de alineación continua que caracteriza tanto al tejido urbano haussmaniano como a los grandes complejos residenciales vecinos. En lugar de integrarse directamente en el entorno construido existente, los volúmenes giran y se desplazan siguiendo un movimiento que retrocede hacia el centro de la manzana. Este ligero giro en la forma del edificio refleja una intención clara: no crear un nuevo frente edificado, sino facilitar una transición entre el espacio público y el paisaje interior. La fragmentación y el desfase de los bloques generan así una ruptura deliberada en la linealidad de la calle, introduciendo un ritmo más poroso y abierto, en claro contraste con las fachadas largas y continuas de los complejos existentes.
Esta estrategia espacial hace visible el jardín interior desde el espacio público y reafirma una permeabilidad urbana deliberada. La transparencia de la planta baja, las vistas despejadas y el retranqueo gradual de los volúmenes refuerzan el concepto de corredor ecológico, extendiendo la red verde a escala del barrio. El proyecto no se limita a discurrir junto a la calle; la atraviesa simbólicamente, invitando a la mirada y a los seres vivos a adentrarse en la manzana. El paseo arbolado que surge entre los bloques se convierte así en un espacio de transición —tanto urbano como paisajístico— donde la arquitectura deja de ser un límite para transformarse en un filtro, revelando una nueva forma de vivir la calle: más abierta y en mayor sintonía con la continuidad.
Espacio común
Los volúmenes habitacionales se elevan sobre el terreno, liberando un nivel compartido que alberga las instalaciones comunitarias de la residencia: el vestíbulo de acceso, el aparcamiento de bicicletas, la lavandería, el gimnasio, la sala de trabajo y la cafetería. El zócalo no se trata como una simple base técnica o una planta baja de circulación; por el contrario, se convierte en el lugar donde la residencia adquiere una dimensión colectiva.
Los programas se organizan a lo largo de un recorrido en bucle que sigue las variaciones de nivel del terreno. Desde la calle, la entrada y el aparcamiento de bicicletas constituyen los primeros espacios de uso cotidiano. En un nivel superior, sobre la rampa, se sitúan la lavandería, el gimnasio, el espacio de *coworking* y la cafetería. Una escalera conecta esta última zona de nuevo con la entrada, cerrando el circuito.
Esta organización confiere al zócalo un estatus particular: los distintos usos no están aislados, sino que permanecen visualmente conectados. Los niveles, las vías de circulación y los programas mantienen una relación visual constante. Entre la calle, el jardín y las estancias, el zócalo crea un paisaje interior: un umbral de cierto espesor más que un límite.
Fachadas
La fachada nunca es una mera pantalla. En palabras de Henri Lefebvre, es un «momento del espacio social»: un lugar donde convergen la percepción, el uso y la representación. En el contexto de los grandes conjuntos residenciales, las fachadas se han reducido con demasiada frecuencia a superficies neutras, repetidas hasta la saciedad, generando una monotonía visual que acaba pesando sobre la propia experiencia urbana. Este proyecto adopta una postura distinta, reivindicando la fachada como un campo de profundidad, sombra y ritmo.
La repetición del patrón —que evoca un tartán arquitectónico— no es aquí sinónimo de uniformidad. Por el contrario, se apoya en una retícula rigurosa para crear espesor, relieve y una sutil variación lumínica. La sombra se convierte en materia; el retranqueo, en ornamento. Este enfoque se hace eco de la intuición de Gottfried Semper, para quien el ornamento no es un añadido superficial, sino una expresión de la propia construcción y de su lógica subyacente. Lejos de ser una decoración aplicada, la fachada opera mediante capas, marcos sucesivos y una repetición controlada, ofreciendo a la ciudad una lectura vibrante y cambiante, en radical contraste con la monotonía plana de los edificios circundantes.
Esta postura cuestiona también la interpretación simplista del célebre aforismo de Adolf Loos. Si el ornamento gratuito puede constituir un delito, la ausencia total de relieve y matiz puede representar, a escala urbana, otra forma de violencia simbólica. Aquí, el ornamento renace a través de la sombra, la profundidad y la repetición habitada, en consonancia con el pensamiento de John Ruskin, para quien el valor de un edificio reside en la atención dedicada a lo que se revela a la vista, más que a lo que permanece oculto.
Al asumir esta responsabilidad, el proyecto afirma que la calidad de las fachadas contribuye directamente a una forma de urbanidad más justa y generosa. La atención al exterior no se separa del interior: es su expresión visible. Una fachada de gran espesor y articulada, sensible a la luz y a las vistas, anuncia espacios habitables diseñados con el mismo esmero. En este sentido, el proyecto actúa como una pieza faltante del tejido urbano, capaz de revalorizar la imagen de los grandes conjuntos residenciales no mediante la ruptura o el rechazo, sino a través de una rigurosa reinterpretación de sus principios. Propone una comprensión renovada de la repetición: ya no impuesta, sino controlada; ya no monótona, sino habitada; ya no masiva, sino profundamente urbana.