Dominique Coulon & associés proponen un edificio cúbico de tonos rojizos que dialoga íntimamente con la presencia de un ailanto que modifica la fachada del edificio y activa sus cualidades poéticas. La cortesía y el delicado acercamiento al árbol y la necesidad de significarse ante sus grandes vecinos hacen que su compacidad y volumen macizo no traslucan la verdadera amplitud y complejidad de sus espacios interiores.
La estrategia programática interior se articula mediante los principios de desviación y apertura, con un atrio descentrado que conecta los distintos niveles y transforma la geometría de la planta. Vacíos, galerías y ventanas circulares establecen relaciones visuales entre las actividades y permiten que la luz natural penetre en el corazón del edificio. Cada planta desarrolla una curvatura propia, generando un espacio central cambiante, mientras las dos primeras plantas, dedicadas a la música, incorporan muros no paralelos para controlar la reverberación y mejorar las condiciones acústicas.
La tercera planta, destinada a la danza, se organiza mediante salas de ensayo diferenciadas cromáticamente y bañadas por luz natural procedente de grandes ventanales y aperturas elevadas. En el centro del edificio, una escalera de tijera entrelazada recorre los cuatro niveles y configura un espacio vertical de gran intensidad espacial. Iluminada desde lo alto y caracterizada por una acústica más reverberante que la de aulas y pasillos, esta zona de circulación adquiere un marcado carácter escenográfico, convirtiendo el movimiento, la luz y el sonido en elementos fundamentales de la experiencia arquitectónica.

Conservatorio de Danza, Música y Teatro por Dominique Coulon & associés. Fotografía por Eugeni Pons.
Descripción del proyecto por Dominique Coulon & associés
El conservatorio se sitúa en una vía que conecta la ópera de Massy con un parque. Los altos edificios residenciales que lo rodean parecen retroceder para cederle espacio. De hecho, solo tras recorrer un buen tramo de la calle Rue des Canadiens se descubre, casi con sorpresa, el edificio cúbico de tonos rojizos propios del ladrillo. A primera vista, la compacidad de este volumen macizo no deja entrever la verdadera amplitud y complejidad de sus espacios interiores.
La presencia de un ailanto nos llevó a modificar la fachada del edificio, curvándola hacia el interior para dejar espacio a este árbol extraordinario de frondoso follaje. En efecto, la forma del edificio parece modificada por la propia presencia del árbol, lo que genera la paradójica impresión de que este se ha impuesto sobre la arquitectura.
Ambos elementos —el árbol y el edificio— se complementan cromáticamente. Juntos componen una estampa urbana que destaca sobre el telón de fondo monocromo de edificios en tonos blanquecinos. El conservatorio de Massy es una estructura escultórica que rompe con la ortogonalidad del entorno y reafirma su carácter de edificio público gracias a sus cualidades poéticas.
El espacio que rodea al árbol protegido forma una amplia explanada de acceso que invita a padres e hijos a reunirse allí. La fachada es prácticamente opaca. Se eleva desde la entrada, dejando entrever el bullicio del vestíbulo y creando un espacio resguardado. Al caer la noche, los alzados anaranjados resplandecen como un farol, reforzando el papel del edificio como punto de referencia y hito urbano.
La fachada posterior del conservatorio está salpicada de ventanas que transmiten tanto a alumnos como a profesores la sensación de trabajar en las alturas, entre las copas de los árboles. Por ello, decidimos conservar todos los ejemplares de la masa arbórea existente.
La estrategia espacial interior se basa en los principios de desviación y apertura. El corazón del proyecto es un atrio descentrado que conecta los distintos niveles y motiva la deformación de la planta del edificio. Aquí, los vacíos comunican las diferentes plantas, como si sus espacios curvos hubieran sido extruidos. Se ha logrado un equilibrio entre compacidad y transparencia para superar las barreras entre las diversas disciplinas artísticas y visibilizar la variedad de actividades.
Una pequeña galería acristalada situada en el pasillo de la planta baja se proyecta sobre la sala de ensayo del sótano, permitiendo observar a los estudiantes y a la orquesta de la Ópera de Massy en plena actividad. Al otro lado del vestíbulo de entrada, una ventana ofrece vistas a las clases de percusión que se imparten en la sala roja, situada en el nivel inferior. Al alzar la vista, se divisa una ventana circular en la primera planta y, al fondo, otra ventana circular en la cubierta. Esta apertura visual vertical rompe la apariencia austera del edificio —de volumetría compacta— e introduce luz natural en el corazón de la construcción, creando un juego de curvas que varía según la perspectiva del observador.
El amplio y acogedor espacio de la primera planta constituye el epicentro de esta ruptura formal; evoca una cueva de arena. En la segunda planta, una abertura en el suelo con forma de media luna permite la entrada de abundante luz natural y deja a la vista el lucernario circular de la cubierta, visible también desde la planta baja. Estas dos formas, dispuestas una dentro de la otra, confieren al atrio un aire astronómico. La riqueza de este juego de líneas reside en que cada planta posee su propia curvatura: esta autonomía geométrica dota al vacío central de una dimensión poética singular.
Las dos primeras plantas se destinan a actividades musicales y se caracterizan por el uso de líneas inclinadas. Aquí, las paredes se han dispuesto deliberadamente de forma no paralela para evitar la reverberación del sonido.
La tercera planta está dedicada a la danza; sus salas de ensayo presentan esquemas cromáticos diferenciados y envolventes (tonos rosas, blancos y negros). Todas ellas comparten una característica común: están bañadas por una suave luz natural que proviene de grandes ventanales o de ventanas geométricas elevadas, las cuales juegan con la luz cenital.
En el corazón del edificio —allí donde cabría esperar una iluminación tenue— aguarda una sorpresa para el visitante: una espectacular e inmaculada escalera de tijera entrelazada que serpentea a través de los cuatro niveles del conservatorio. La parte superior de este espacio funcional, que recuerda a una capilla, está perforada por ventanas situadas a gran altura; su disposición libre evoca la síncopa rítmica de ciertos estilos musicales, pareciendo liberarse de cualquier partitura.
Inundado de luz natural, este vertiginoso punto de encuentro evoca las imposibles escaleras de Penrose y desorienta a los usuarios, habituados a seguir trayectorias ascendentes o descendentes sin poder ver qué hay por encima o por debajo de ellos. No cabe duda de que este espacio de transición, convertido ya en un elemento arquitectónico, posee un gran potencial escenográfico. A diferencia de las aulas y los pasillos del edificio, que presentan una acústica controlada y seca, este espacio cuenta con una acústica reverberante, similar a la de las iglesias. Aquí, el sonido se amplifica y se realza; crece hasta llenar el espacio.