El objetivo del proyecto desarrollado por Esteras Perrote es crear un espacio neutro y flexible que favorezca la producción artística, entendido como un «lienzo en blanco» iluminado cenitalmente. La estrategia se centra en garantizar condiciones óptimas de trabajo que logren integrar de manera continua la vida cotidiana y la práctica artística.
La materialidad empleada se basa principalmente en el uso de ladrillo visto de tono rojizo, un material local que ancla la arquitectura al territorio y dialoga con los colores del paisaje. En contraste, el blanco del interior combinado con la iluminación homogénea desde lucernarios potencia la neutralidad del espacio y lo convierte en soporte activo para la creación. La madera utilizada en suelos, como el metal que compone las carpinterías y la estructura, complementa una paleta austera que conjuga equilibradamente peso y ligereza.
La sostenibilidad de la propuesta se basa en estrategias pasivas y en el uso de materiales de proximidad. La inercia térmica de los muros, la ventilación cruzada y el control de la radiación solar permiten un adecuado confort interior. A su vez, la decisión de preservar el entorno natural, evitando la tala de especies y reutilizando el agua para riego, refuerza la esencia del proyecto: una arquitectura sensible, integrada y respetuosa con el paisaje, donde habitar y crear forman parte de un mismo gesto.

Atelier Cambre por Esteras Perrote. Fotografía por Javier Agustín Rojas.
Descripción del proyecto por Esteras Perrote
Introducción
La altura de la montaña y la irregularidad del bosque definen la forma. El color y la trama del ladrillo realzan el carácter de la geometría. Un gran espacio en silencio, bajo la luz del sol que ingresa por las lucernas, permite, desde adentro, ver el cielo, tomar el pincel y transformar el espacio.
La arquitectura como recinto: un espacio que reúne y posibilita bajo la luz natural. Una geometría compuesta por dos prismas rectangulares que se superponen y se entrelazan en un único ámbito capaz de transformarse en el tiempo. Una geometría pura, conformada por materiales austeros y en convivencia con el bosque.
El espacio, como una gran hoja en blanco, que, bajo la luz que ingresa por las lucernas, sea el lugar de las ideas, del pensamiento y del trabajo creativo. El artista como protagonista.
El lugar: entre el coco y el algarrobo
El atelier de Juan José Cambre, artista argentino galardonado con el premio a la trayectoria por el Fondo Nacional de las Artes, está ubicado en el Valle de Punilla, en el pequeño poblado serrano de Los Cocos, provincia de Córdoba, Argentina, a 1.200 m s. n. m.
El terreno se sitúa en una zona conocida como el pantano: un sector bajo del poblado, atravesado por dos cauces de agua de montaña que, aunque normalmente se encuentran secos, configuran una condición particular. La vegetación autóctona que se desarrolla en este sector del terreno resulta singular para la zona, lo que convierte al sitio en un paisaje específico dentro del contexto serrano.
La inserción del programa en el sitio deviene de un reconocimiento previo del lugar, encontrando un claro en el bosque donde puedan convivir arquitectura, arte y naturaleza. Como si siempre hubiese estado allí, en ese claro, entre el coco y el algarrobo. Dos ejes fundamentales de replanteo coinciden con las aristas opuestas de este volumen rojo de ladrillo, consolidando su implantación.
El proyecto: entre papeles, dibujos y colores
Desarrollar un taller para un artista implica comprender los requerimientos técnicos necesarios para que su producción e ideación no se vean afectadas por aspectos compositivos del espacio, sino que puedan desarrollarse con libertad y precisión.
El espacio comienza con un plano de trabajo orientado al este, en dirección norte-sur, de 5 metros de altura. La profundidad duplica el ancho para garantizar una adecuada distancia de observación crítica. Las paredes que completan este rectángulo, de 10 metros de largo, funcionan como planos de apoyo para la producción en serie y en simultáneo.
La idea de pintar bajo el cielo, entre muros blancos que contienen formas y colores, antecede a la decisión técnica de iluminar el espacio de manera cenital. Al tratarse de un espacio cerrado, donde las paredes asumen el rol de soporte de trabajo, la iluminación uniforme y constante desde arriba garantiza neutralidad y continuidad. Solo dos paños rectangulares verticales en los extremos de los muros largos organizan y separan los distintos espacios de trabajo y, al mismo tiempo, permiten generar ventilación cruzada norte-sur para optimizar el proceso de secado.
Como apoyo al área de producción, coexiste de manera integrada en un único ámbito la vivienda-taller: un espacio rectangular que contiene cocina, guardados y una mesa larga de trabajo, y que incorpora, en un nivel superior, un entrepiso abierto que funciona como dormitorio y balconea hacia el espacio principal en doble altura.
La forma del espacio: adición y sustracción
Dos rectángulos rotan desde un punto fijo hacia el interior, con la intención de abrazar el paisaje y generar una transición natural entre interior y exterior. De la sustracción de esa superposición surge un segundo volumen que acompaña de manera tangente la forma principal.
Los servicios y los sistemas circulatorios funcionan de manera independiente en este volumen exento. Esta adición permite configurar el acceso y, en el acto de separar o unir, generar un recorrido que ofrece distintas lecturas del espacio principal. También posibilita el acceso a la terraza transitable, conectando el plano del suelo con un plano superior abierto a las vistas del Valle de Punilla y el cordón montañoso.
La idea del espacio vivido sugiere una expresión que se construye en el transcurrir: salir para volver a entrar, bajar y subir, establecer siempre una relación distinta con el exterior. La composición de las ventanas responde a esta lógica; la ventana como arquetipo de mirar hacia afuera. Sustraer para ver: la naturaleza se enmarca en una secuencia rítmica a lo largo de todo el espacio.
Composición material: el peso de la materia y la ligereza del espacio
Autóctono y del lugar, oficios y tradición: el rancho y sus muros de adobe como arquetipo material y ambientalmente sostenible. La reflexión sobre el peso que implica construir y habitar en un entorno natural encuentra en la tierra, transformada en ladrillo, un acto de convivencia entre arquitectura y paisaje.
El color rojo contrasta con el verde serrano y se transforma constantemente según la hora, el sol, la humedad, el agua y el paso del tiempo.
En el interior, el blanco convierte las paredes en lienzos que se van ocupando con el uso variable del color, manteniendo un espacio continuo, vivo y en permanente transformación. El piso está conformado en su totalidad por madera natural; la fragmentación entre vivienda y taller se manifiesta en el cambio de orientación de las tablas, coincidiendo con la rotación geométrica del conjunto.
Los planos de carpintería, como barandas y sistemas de circulación, se resuelven mediante estructuras metálicas de distintos tipos y secciones, tanto en su configuración como en sus terminaciones y colores.
Inteligencia Natural: confort y sostenibilidad
El uso de recursos pasivos para habitar el espacio interior, como ventilación cruzada y muros que retienen y transmiten calor, permite que, gracias a su espesor y aislación, se logre mediar adecuadamente frente a las inclemencias climáticas.
La masa y la altura del espacio se articulan con el estudio de perforaciones y orientaciones para obtener ganancias térmicas controladas y disminuir al máximo las pérdidas de calor.
La sostenibilidad se entiende también como una decisión productiva: trabajar con materiales de producción local no solo reduce el transporte y su impacto ambiental, sino que fomenta la generación de trabajo y la continuidad de los oficios como modo de vida.
En un intento por interrumpir el ecosistema lo menos posible, se optó por emplazar la arquitectura en un claro natural del bosque, evitando la extracción de especies nativas. Como cierre de este ciclo, el agua retorna al suelo en forma de riego en grandes canteros de vegetación autóctona.